The Fourth Revolution: Las políticas de Libertad.

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Recupero mis traducciones del libro de John Micklethwait & Adrian Woolridge, The Fourth Revolution: The Global Race to Reinvent the State (New York: The Penguin Press, 2014). En esta ocasión les mando la sección:

LAS POLÍTICAS DE LIBERTAD
Los liberales del siglo diecinueve pusieron a la libertad en el corazón del estado y al individuo en el corazón de la sociedad. Para ellos, el propósito del estado no era promover la igualdad o la fraternidad o alguna de las otras doctrinas anticuadas de la Revolución Francesa. Fue la de darle al individuo la máxima libertad para ejercitar los poderes dados por Dios y que lograra su potencial máximo. Eso no era tan sólo un bien en sí mismo; era una manera de controlar al torbellino del progreso.

Los liberales clásicos pensaron que la esencia de la libertad yace en ser libres de la interferencia de otros. “La única libertad que merece tal nombre,” declaró Mill, “es aquella de proseguir su propio bien a su propia manera.” Ellos no pensaron que el estado debería de desaparecer: Mill, en particular, reconoció que la libertad para el lucio [un pescado voraz] significaba la muerte para las olominas, si el lucio no era restringido por la fuerza. Estaban también dispuestos en lograr un compromiso de la libertad con los intereses de otros valores, como la justicia. Pero insistieron en que había una cierta área mínima de libertad personal, que el estado no tenía derecho a violar: un reino de auto-determinación que tenía que ser preservado de la intimidación externa. El tamaño exacto de esa isla fue un asunto de intenso debate. Al igual que lo fue el contenido de los derechos que deberían de ser resguardados en nombre de la libertad. Pero todos ellos estuvieron de acuerdo con una lista básica: libertad de opinión (incluyendo libertad de religión), libertad a una vida privada, libertad de expresión y libertad para tener propiedad. Si el estado invadía alguna de estas libertades básicas, estaba abusando de su poder y de un involucramiento despótico.

Su prédica era, primero que nada y ante todo, un alegato moral: La gente tiene derecho a vivir sus vidas de acuerdo con sus propias luces. Aquella gente ejercita su humanidad cuando usa instrumentos propios, en vez serlo por el deseo de otra gente. Esta es la razón por la cual Immanuel Kant pensó que “el paternalismo es el mayor despotismo que se pueda imaginar.” Pero su liberalismo era también uno práctico. Los socialistas habían justificado intervenir la libertad con base en la promoción del bienestar común. Los liberales creían que esta era una falsa opción. No sólo la libertad individual era perfectamente compatible con una economía en progreso y la armonía social, sino que también era una precondición para ellos. Adam Smith había argumentado que el progreso económico era el resultado de individuos que buscaban su propio interés, involucrándose en contratos entre sí. Mill afirmaba que la civilización solo podría avanzar, si a la gente se le daba el máximo de libertad para pensar cómo lo desearan. Esa es la razón por la cual Gladstone se ocupó a sí mismo de ahorrar culitos de candelas y trozos de queso en nombre del país. A los liberales clásicos les preocupó que la gente pudiera olvidar acerca del significado verdadero de la libertad. Aun cuando el estado está haciendo algo que usted pueda aprobar -como cobrando impuestos a los ricos para ayudar a los pobres- debe reconocer que eso está disminuyendo la libertad y que cada pequeño asalto que se le practique a la libertad, va acumulándose en un gran asalto. Quien mejor puso esto fue Macaulay, en su comentario de 1830 a los Colloquies on Society de Robert Southey. Southey había presentado un punto de vista idealizado del papel del estado británico, antes de la disolución de los monasterios. El gran historiador [Macaulay] laceró a aquel libro:

“Él concibe que la incumbencia de un magistrado es, no tan solo que la persona y la propiedad de la gente estén seguros del ataque, sino que éste debería de ser un perfecto hacelotodo, arquitecto, ingeniero, maestrescuela, mercader, teólogo, una Dama Pródiga en cada distrito, un Paul Pray en cada casa, espiando, escuchando a escondidas, aliviando, amonestando, gastando nuestro dinero en vez de nosotros mismos y escogiendo nuestras opiniones, en vez de hacerlo nosotros. Su fundamento es… ningún hombre puede hacer cualquier cosa bien por sí mismo, como sus gobernantes… quienes sí lo pueden hacer por él, que un gobierno se aproxima más y más hacia la perfección, en proporción a una interferencia mayor y mayor en los hábitos y nociones de los individuos.”

Macaulay postuló una visión liberal muy diferente:

“No es por la intromisión funesta del ídolo del Sr. Southey, el omnisciente y omnipotente estado, sino por la prudencia y energía de la gente, que Inglaterra fue, hasta en ese momento, lanzada hacia su civilización… Nuestros gobernantes promoverán más el mejoramiento de la gente si a sí mismos se confinaran estrictamente a sus obligaciones legítimas; dejando que el capital encuentre su curso más lucrativo, los bienes el precio más justo, la laboriosidad y la inteligencia su recompensa natural, el ocio y la estupidez su penalización natural, conservando la paz, mediante la defensa de la propiedad, disminuyendo el costo de la ley y observando una estricta economía en cada uno de los departamentos del estado. Dejen que el gobierno haga eso –la gente con seguridad que hará el resto.”

Desde el día de Macaulay, el resto, que la gente “con seguridad hará”, se ha encogido. En algunos casos ello se debe a que el concepto de libertad ha sido estirado –o pervertido. Los ideólogos comunistas rutinariamente justifican al despotismo en nombre de una libertad “real”. Pero generalmente aquello lo ha sido por una mezcla de acciones furtivas y demandas populares. Es interesante imaginar lo que Macaulay habría dicho acerca de la extensión del gobierno en la Inglaterra moderna. Una fuerza policíaca estatal mantiene la vista permanentemente sobre todos los ciudadanos, por medio de cámaras de circuito cerrado de televisión. Un estado secreto monitorea cada una de las comunicaciones. El estado, como maestrescuela, dicta el currículo de cada escuela en el país y maneja al 90 por ciento de ellas. El estado, como una niñera, le da instrucciones acerca de cómo subir las escaleras o disponer de la basura. El estado, como si fuera un transmisor, bombea nuestra televisión y programas de radio veinticuatro horas al día.

La importancia de la libertad que gradualmente disminuye en el Oeste ha preocupado a algunos libertarios y a unos pocos filósofos, como Isaiah Berlin, pero si acaso ha ocasionado un chirrido de protesta de parte del público más amplio. Todo lo contario. A los británicos les gusta “Auntie”, como a veces se le conoce a la British Broadcasting Corporation (BBC), o se sienten seguros debido a sus cámaras de seguridad. Esto, se podría decir, habría preocupado aún más a Macaulay y a Mill. Para los viejos liberales clásicos, el nexo entre el gobierno grande y la democracia de masas fue un prospecto amenazador. La democracia, advirtieron ellos, no significó un avance valioso desde la tiranía monárquica, si simplemente se trasfirió el poder de la opresión por unos pocos hacia el de muchos. Los Padres Fundadores escribieron la Carta de Derechos de los Estados Unidos [Bill of Rights] y crearon una Corte Suprema de Justicia para imponer límites a lo que el estado pudiera hacer, aun cuando fuera respaldado por los deseos de la mayoría. Tocqueville, torturado por el temor de un despotismo suave, enfatizó la importancia de devolver el poder del centro a las comunidades. Esa fue una razón para su fascinación con los Estados Unidos. Macaulay se enfocó en la importancia de seleccionar a los mejores y más brillantes para las altas jerarquías, por medio de un programa de educación de alta calidad y exámenes rigurosos: El servicio civil de élite actuaría como una barrera sobre el poder de la legislatura.

En muchas formas ha pasado lo que los viejos liberales temieron. La gente ha votado una y otra vez para que el estado haga más. La libertad ha sufrido. Pero no es por ello que la democracia o el estado parecieran ser, en algún grado, mejores. La democracia ha crecido algo deslucida –el tema de nuestras conclusiones. En lo que respecta al estado, está encharralado en una paradoja. El gobierno, respaldado por una voluntad democrática generalizada, nunca ha sido más poderoso; pero en esta condición de abotagamiento y sobrecarga, también nunca ha sido tan odiado o ineficiente. Las libertades se han rendido, pero a cambio de ello la gente no ha obtenido mucho.

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