The Fourth Revolution: La lucha global por el futuro gobierno.

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Tal como les indiqué hoy domingo presento la tercera parte de una serie de cuatro partes del libro de Micklethwait y Adrian Woolridge, The Fourth Revolution: The Global Race to Reinvent the State, que no dudo ha tenido y tendrá algún grado de impacto entre mis amigos de Facebook, por la trascendencia del tema

EL ESTADO DEL ESTADO: La Lucha Global por el Futuro Gobierno

Por John Micklethwait y Adrian Woolridge
FOREIGN AFFAIRS, edición de julio-agosto del 2004.
TERCERA PARTE

LA INNOVACIÓN SE TRASLADA AL ESTE
China es el foco obvio del debate acerca del futuro de la gobernabilidad. Los chinos han producido un modelo de gobierno que desafía directamente la creencia occidental en los mercados libres y la democracia. China es pionera de una especie de “capitalismo de estado”, al liquidar miles de las empresas más pequeñas, a la vez que mantiene inversión accionaria en más de cien grandes compañías. El país también ha revivido el antiguo principio de la meritocracia, al reclutar a los miembros del Partido Comunista Chino desde las mejores universidades y al promover a los funcionarios del partido con base en su habilidad de satisfacer diversos objetivos, tales como erradicar la pobreza y promover el crecimiento económico. China también ha cosechado algunos logros asombrosos en cuanto a reforma del gobierno. Durante la década pasada, edificó un sistema universitario de nivel mundial. Durante los pasados cinco años, extendió un programa gubernamental de pensiones a 240 millones de ciudadanos del campo –mucho más que el número total cubierto por la Seguridad Social en los Estados Unidos.

Pero otros países han llegado mucho más lejos en lo que se refiere a innovaciones del gobierno, Singapur el más notorio, el cual ha creado lo que se puede decir es la maquinaria administrativa más eficiente del mundo. El gobierno recluta los mejores prospectos para que trabajen en el servicio público y, aquellos que llegan a las alturas de la burocracia, son ricamente remunerados con paquetes de pago de hasta $2 millones al año y con trabajos garantizados en el sector privado, una vez que dejan su empleo en el gobierno. Los ciudadanos de Singapur pagan el 20 por ciento de sus salarios al fondo manejado por el gobierno, Central Provident Fund, al cual los patrones contribuyen con otro 15,5 por ciento. Esta cuenta de ahorro obligatorio sirve como pensión para el retiro y también les permite a los ciudadanos de Singapur pagar su vivienda, cuidado de su salud y educación superior. Pero, a diferencia de muchos otros sistemas de estado de bienestar en Occidente, Singapur conserva un incentivo para trabajar duro y para contribuir: 90 por ciento de lo que uno obtiene del fondo está atado a lo que uno ha aportado. Ello refuerza el intento de Singapur de combinar la salud universal y los programas de bienestar con la frugalidad; Lee Kuan Yew, fundador y mano que guía al moderno Singapur, descarta al estado de bienestar occidental como un bufet “en donde usted come todo lo que pueda.”

Mientras los países asiáticos generan ideas ingeniosas de reforma del gobierno, la mayor fuerza de Occidente -la democracia representativa- va perdiendo su brillo. Crecientemente los gobiernos democráticos hacen promesas que no podrán cumplir y se dejan capturar por intereses especiales o cambian de dirección por consideraciones cortoplacistas. El Congreso de los Estados Unidos no ha pasado un presupuesto apropiado desde 1997. El Instituto Peterson de Economía Internacional ha calculado que, desde el 2010, la incertidumbre acerca de la política fiscal de los Estados Unidos ha reducido la tasa de crecimiento del PIB de ese país en un punto porcentual y ha impedido la creación de dos millones de empleos. Francia y varios países europeos no han balanceado sus presupuestos en décadas. Y las recientes elecciones europeas han sido ejercicios en negación –para la elección presidencial del 2012 en Francia, ni el presidente Nicolás Sarkozy ni su contrincante socialista, François Hollande, propusieron una reducción de su presupuesto inflado o de elevar la edad de retiro. En las recientes elecciones para el Parlamento Europeo en Bruselas, los partidos de extrema derecha obtuvieron grandes ganancias, mediante el recurso de acusar que los problemas de la Unión Europea eran ocasionados por las fronteras abiertas, en vez de serlo por el gasto sumamente complaciente de sus estados miembros.

La mala actuación de las élites políticas ha conducido a un intenso cinismo entre los electores occidentales. La cantidad de votantes que acude a las urnas está declinando, particularmente en elecciones realizadas en los estados miembros de la Unión Europea, y la membresía en los partidos políticos se está desplomando: en el Reino Unido, de un 20 por ciento de la población en edad de votar en la década de los cincuentas, a tan sólo un uno por ciento hoy en día. En el 2010, en Islandia, el irónicamente llamado el Mejor Partido, obtuvo los votos suficientes para compartir el manejo del consejo de la ciudad de Reikiavik (lo cual es equivalente a compartir el manejo del país), prometiendo traicionar sus promesas y ser abiertamente corrupto.
Tal antipatía hacia la política podría no importar mucho si los votantes quisieran poco de su estado. Pero continúan queriendo mucho. El resultado es una mezcla tóxica: por un lado, dependencia del gobierno y, por el otro, un menosprecio del gobierno. La dependencia fuerza al gobierno a sobre-expandirse y a sobrecargarse a sí mismo, en tanto que el menosprecio sustrae la legitimidad del gobierno y hace que cada revés se convierta en una crisis. La disfunción democrática va mano a mano con el distémper democrático.

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