The Fourth Revolution: El estado del Estado.

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Esta es la cuarta y última parte de la serie de comentarios que he venido presentando acerca del libro “The Fourth Revolution: The Global Race to Reinvent the State”, que, como habrán podido apreciar, nos abre ojos y mente para poder apreciar lo que en apariencia está sucediendo en todas partes y que, por tanto, no somos una excepción. Espero que la lectura de estas cuatro partes les haya sido de su utilidad.

EL ESTADO DEL ESTADO: La Lucha Global por el Futuro Gobierno

Por John Micklethwait y Adrian Woolridge
FOREIGN AFFAIRS,
edición de julio-agosto del 2004.
CUARTA Y ÚLTIMA PARTE

LA CUARTA REVOLUCIÓN

Esta crisis de la democracia liberal de Occidente se ha estado cocinando durante décadas, pero se ha agudizado en los últimos años, por tres razones. La primera es una carga de la deuda crecientemente insostenible, que están soportando los estados occidentales. La crisis financiera del 2008 y la subsecuente recesión global condujo a una explosión de la deuda pública: de acuerdo con la Unidad de Inteligencia de la revista The Economist, la deuda pública global llegó a $50.6 trillones en el 2013, en comparación con tan sólo $22 trillones en el 2003. Gran parte de ese crecimiento fue impulsado por los gobiernos occidentales, que pidieron prestadas grandes sumas en respuesta al declive económico. En Europa, la población en edad de trabajar llegó a un pico en el 2012, en 308 millones, y está considerado que descienda a 265 millones para el 2060. Ese grupo más pequeño de trabajadores tendrá que dar soporte a un número sin precedentes (en términos absolutos y relativos) de pensionados. Entre el momento actual y el 2060, la razón de dependencia en Europa -el número de personas de más de 65 años como proporción del número de gente con edades entre 20 y 64- se elevará, de un 28 por ciento (el nivel actual), a un 58 por ciento. Y aquellos números asumen que la Unión Europea dejará que ingresen a ella más de un millón de inmigrantes jóvenes por año; de no ser así, las cifras serán aún peores. En los Estados Unidos, en donde los bebés nacidos tras la Segunda Guerra Mundial están ya cayendo en la ancianidad, la Oficina de Presupuesto del Congreso reconoce que el gasto gubernamental, en tan sólo los beneficios médicos, se elevará en un 60 por ciento durante la próxima década –y luego empezarán a crecer aún más rápidamente.

El segundo factor, que ha permitido que las deficiencias de la gobernabilidad contemporánea de Occidente tengan un alivio fuerte, es el rápido desarrollo de la tecnología de la información. En las últimas dos décadas, las computadoras y la Internet han revolucionado todas las formas de hacer el comercio e igualmente podrían revolucionar al gobierno. La tecnología de la información ya ha transformado las funciones esenciales del gobierno en dos maneras: en la forma de pelear las guerras y en la recolección de información. Pero, hasta el momento, los gobiernos occidentales han fracasado en manejar el potencial pleno de la revolución digital, tropezándose a menudo en su intento de hacer, por sí mismos, más amistosa a la Internet: dense cuenta del burdo lanzamiento del sitio del Obamacare en los Estados Unidos.

La tercera prueba en curso de la democracia liberal de estilo occidental, es el impresionante registro en años recientes de otros modelos, particularmente el autoritarismo modernizador proseguido por países asiáticos, tales como China y Singapur. Por primera vez desde mediados del siglo veinte, hay una carrera global para idear el mejor tipo de estado y el mejor sistema de gobierno. En comparación con aquella primera época, las diferencias entre los modelos que hoy compiten son mucho más pequeñas –pero los riesgos que hay en juego son igualmente elevados. Quien quiera que gane el certamen que conduce a la cuarta revolución de la gobernabilidad moderna, tiene muy buenas posibilidades de dominar la economía global.

Los occidentales por mucho tiempo han asumido que los ideales de la libertad y la democracia, al final de cuentas, se enraizarían en todo lado y que todos los países que quisieran modernizarse tendrían que adoptar tales valores. Pero el surgimiento de la modernización autoritaria en Asia pone todo esto en peligro. Para permanecer estables y prósperos y a fin de mantener sus posiciones como líderes globales, los Estados Unidos tendrán que abrazar el objetivo de un gobierno más pequeño y más eficiente.

Al momento, los gobiernos occidentales hacen mal demasiadas cosas: sería mejor si hicieran menos cosas, pero que las hicieran bien. El estado democrático occidental está maduro para aquella especie de limpia de la casa en preparación de la primavera que los Victorianos le dieron, uno que se construiría con base en algunos de los logros de la media revolución de los años ochenta y noventa. Reagan y Thatcher frenaron al estado para que dejara de hacer muchas cosas que, en primer lugar, no tenía por qué hacerlas, tales como manejar empresas de energía y firmas de telefonía. Una cuarta revolución debería de ir más allá, alejando al gobierno del negocio de escoger ganadores en el sector privado a través de subsidios y regulaciones que distorsionan al mercado. Los gobiernos occidentales también necesitan asegurarse de que la generosidad pública ayude a los pobres y no a los que ya están bien. Por ejemplo, los Estados Unidos redistribuyen enormes sumas hacia personas relativamente prósperas, en forma de un alivio impositivo para los tenedores de hipotecas, asistencia financiera en el pago del seguro de salud y de subsidios para los sectores de la agricultura y de la energía. El valor total de todas las exenciones concedidas por los códigos tributarios de los Estados Unidos oscila en alrededor de $1.3 trillones, una cantidad de dinero que podría fácilmente ser reducida, sin que la economía se dañe.

Los gobiernos de Occidente deberían de seguir el ejemplo de China y tomar las ideas de donde quiera que se hallen. Más cerca de casa, deberían de prestar atención a los experimentos exitosos de Suecia con vales para la educación. Más allá, deberían de considerar el progreso de India en reducir los costos de hospitalización y el programa de bienestar del Brasil, basado en transferencias condicionadas de efectivo, que requiere que, quienes las reciben, satisfagan ciertas metas, tales como asegurarse que sus niños asistan a las escuelas y que reciben vacunas.

El siglo veintiuno con seguridad que será conformado por la competencia cada vez más fiera entre estados, por figurarse cuáles innovaciones en la gobernabilidad les darán los mejores resultados. Las democracias liberales del mundo occidental todavía disfrutan de mantener una ventaja en términos de riqueza y de estabilidad política. Pero aún no es claro si el Oeste estará en capacidad de reunir el tipo de energía intelectual y política que, por los últimos cuatro siglos, le ha permitido mantenerse por delante en la carrera global por reinventar al estado.

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