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USTED NO PUEDE NEGAR QUE VENEZUELA ES UNA CALAMIDAD SOCIALISTA.

Por Steven Horwitz

Foundation for Economic Education

Viernes 12 de mayo del 2017

Introducción, por Jorge Corrales Quesada.

Ciertamente uno tiende a cansarse de la paciencia requerida para ofrecer “narrativas alternativas” a diversos socialistas que, con terquedad sorprendente, insisten en señalar la bondad de la situación de la economía venezolana y que los problemas allá observados son causados por las más diversas razones concebibles, excepto aceptar que era lo esperable en un país que prosiguiera las conocidas políticas, propuestas en el marco, ambiguo en nombre pero claro en sus decisiones, del socialismo del siglo 21.

Traduzco el artículo del economista Steven Horwitz en que menciona la necesidad del diálogo productivo en torno a los efectos del socialismo y, principalmente, de aquellos no previstos. Lo hago ante una esperanza casi perdida de que quienes uno asumen son pensadores serios, analicen las explicaciones de porqué inevitablemente el socialismo real termina, no sólo en sistemas autoritarios, sino altamente ineficientes, causando graves daños al bienestar de los pueblos, a quienes tal vez se les pretendió beneficiar con aquellas políticas.

USTED NO PUEDE NEGAR QUE VENEZUELA ES UNA CALAMIDAD SOCIALISTA.

Por Steven Horwitz

Al descender Venezuela hacia una pesadilla de hambruna y violencia, el debate, que ha tomado mucho tiempo acerca de la viabilidad del socialismo, toma una nueva relevancia. Los años de políticas socialistas explícitas de los regímenes de Chávez y Maduro han pasado su factura, cuando la nacionalización y una variedad de intentos de abolir o subvertir los procesos del mercado, han destruido lo que en una época fue uno de los países más rico de Sudamérica.

Aun con la riqueza de sus reservas de petróleo, la redistribución y el control de precios han logrado detener la producción y, por tanto, al consumo. En una época exportaron granos al resto del mundo, ahora ni siquiera pueden alimentar a su propio pueblo.

¿DE QUIÉN ES LA FALLA?

Este desastre humanitario ha planteado la pregunta de a quién o a qué responsabilizar por ello. Esa pregunta pone a los auto-proclamados socialistas y a sus simpatizantes progres en un lugar difícil. Después de todo, un puede fácilmente encontrar muchos ejemplos (desde Michael Moore hasta Bernie Sanders) de personas de la izquierda, alabando o endosando las políticas económicas de Chávez. De manera que, ¿qué nos puede decir la gente que tomó tal posición a la luz de este desastre? E igualmente, ¿que nos pueden decir los defensores de la libre empresa?

Muchos de la izquierda empezarán negando que el socialismo es la falla. Algunas veces negarán que las políticas de Chávez-Maduro fueran un socialismo “real”. En otros casos, argüirán que, si bien sus intenciones pueden haber sido buenas, la corrupción y la mala puesta en marcha condenaron las buenas políticas al fracaso.

Ambos argumentos tienen problemas reales.

Si estas políticas no fueran socialismo “real”, entonces, ¿por qué muchos simpatizantes del socialismo expresaron tanto apoyo hacia ellas y discutieron que serían transformadoras en las formas valoradas por los socialistas? El propio Chávez hizo tales alegatos.

¿Entienden todos ellos lo que es el socialismo? La diversidad de intentos que hizo Chávez para impedir que los mercados y los precios funcionaran y que fueran sustituidos por alguna forma de planificación en nombre del pueblo, desde Marx han sido ampliamente consistentes con el socialismo. Si eso no es socialismo, ¿qué se entiende ahora exactamente por esa palabra?

EL SOCIALISMO REAL

Para muchos de la izquierda, la respuesta a la última pregunta es “los países escandinavos.” No obstante, el verdadero problema es que los países escandinavos tienen, a partir de algunas mediciones, mercados más libres que los Estados Unidos, el cual es lo que la izquierda mira como el arquetipo del capitalismo. Como mínimo, aquellas naciones no difieren significativamente de los Estados Unidos en cuanto a sus grados de libertad económica.

Históricamente, el socialismo ha sido definido en términos generales como la eliminación de la propiedad privada de los medios de producción y la sustitución de lo que Marx llamó la “anarquía de la producción” del mercado, por la propiedad en común o gubernamental y la planificación económica.

Eliminar la propiedad privada, el intercambio, los precios y las ganancias, terminaría, desde el punto de vista de Marx, con la alienación, la explotación y las crisis que caracterizaban al capitalismo. Además, racionalizar la producción mediante la planificación, en vez de dejar esos asuntos al método de prueba y error del mercado, eliminaría el desperdicio y lograría un salto en la productividad que nos enriquecería a todos.

La abolición de los mercados no describe a los países escandinavos, aunque sí captura mucho de lo que está sucediendo en Venezuela. El socialismo, históricamente al menos, no significó tan solo “un estado de bienestar grande,” como lo vemos en Escandinavia. De hecho, la única forma por la cual los países pueden permitirse tener estados de bienestar grandes, es teniendo economías lo suficientemente productivas como para producir la riqueza que pueda ser gravada para apoyar esos programas. Esta es la razón por la cual los países escandinavos desregularon tanto (y redujeron las tasas de los impuestos) en la última o en las dos últimas décadas: sólo por medio de mercados más libres podían tener a su alcance los programas de trasferencias.

Si usted ama al modelo escandinavo, usted no ama al socialismo. Usted ama al capitalismo de mercado, debido a que ese el que hace posible ese modelo. (Si es que estados de bienestar grandes son necesarios o deseables, asunto para otra columna).

Y, ¿qué del argumento de que las políticas bien intencionadas se vieron frustradas por la corrupción y la mala implementación? Aquí el problema es que eso parece que sucede cada vez que se ha intentado el socialismo. Los bolcheviques empezaron a poner en marcha al socialismo marxista a un año de haber tomado el poder y una década más tarde tenían el estalinismo. Cuba rápidamente se convirtió en una dictadura. China. Corea del Norte. La lista continúa. ¿En qué momento no son estas todas coincidencias?

TODOS. CADA UNO. TIEMPO.

Los economistas por mucho tiempo han entendido la dinámica que está funcionando aquí. Marx y otros socialistas pensaron que aquellos a cargo del proceso de planificación, y para Marx esa era la comunidad total, podían racionalmente determinar qué producir y cómo producirlo mejor, en ausencia de mercados, intercambio y precios. Sin embargo, desde el famoso ensayo de Mises en 1920, hemos conocido que hacer tal cosa no es posible.

Los precios de mercados genuinos son necesarios para que la gente sea capaz de hacer determinaciones de valor en cualquier cosa que sea más grande que una familia. Sin precios no hay manera de conocer, no tan sólo lo que la gente valora, sino (más importante aún) cómo hacer lo que ellos valoran, usando lo menos posible de recursos valiosos.

En otras palabras, las decisiones para una producción racional son imposibles sin los precios de mercado, y los precios de mercado no pueden existir sin intercambio y, por tanto, tiene que haber propiedad privada, especialmente de los medios de producción.

Pero, ¿qué sucede cuando aquellos a quienes se les dio el poder para tomar tales decisiones, se dan cuenta de que no pueden lograr sus, tal vez, bien intencionadas metas? El poder no desaparece. La mayoría de las veces, la primera reacción es precisamente la que hemos visto en Venezuela: tomar medidas más fuertes en contra de los productores al no cumplir con demandas imposibles y racionar los bienes para castigar a los consumidores por “acaparamiento.” Y, cuando eso no funciona, van hacia un mayor autoritarismo draconiano, y hacen cualquier cosa con tal de conservar el poder.

Después de un rato, estos ejercicios de fuerza bruta tienen consecuencias. Atraen a posiciones de poder a aquellos que tienen una ventaja comparativa en ejercitar tal fuerza (y tal vez a aquellos para quienes hacer tal cosa tiene un alto valor de consumo). El marxismo no es estalinismo, pero la incapacidad del marxismo socialista para vivir a la altura de sus promesas, crea las condiciones que hacen posible y probable al estalinismo. En otras palabras, el estalinismo es una consecuencia no prevista del socialismo marxista.

Además, al volverse el control estatal más claramente ineficaz, la gente empieza a buscarle la vuelta, estableciendo formas distorsionadas de intercambio en los mercados. El soborno a políticos y a burócratas, las amenazas a productores, el amiguismo y el nepotismo, todos, se convierten en formas para lograr que las cosas se hagan. Los recursos tienen que ser asignados de alguna manera y los mercados son como hierbas, en cuanto que crecen entre grietas dejadas por los fracasos de la planificación.

LA NEGLIGENCIA DE LOS INTELECTUALES

Para el mundo que está allá afuera, la corrupción y la mala puesta en marcha ocasionaron que el socialismo fracasara. Pero, eso toma las cosas completamente al revés: la corrupción y los actores políticamente ineficaces no son la causa del fracaso del socialismo, sino el resultado de ese fracaso. Cuando usted hace ilegales a los mercados reales y cuando sus intentos de planificar inevitablemente fracasan, lo que usted obtiene es el soborno y la corrupción en los mercados negros. De nuevo, eso no es lo que intentan los marxistas, pero son una inevitable consecuencia no prevista.

Así, ¿qué nos dice esto acerca de aquellos que apoyaron las políticas de Chávez y Maduro? Es fácil decir que ellos son malvados al desear el hambre y la destrucción del pueblo venezolano, pero pienso que esa es una salida fácil. Pienso que muchos de quienes apoyaron esas políticas, creían genuinamente que lograrían buenos resultados. En ese sentido, no actuaron inmoralmente.

No obstante, son culpables de un serio error intelectual que tiene consecuencias morales reales. Aun cuando pueden no haber intentado el desastre humanitario que ahora vemos, ellos tienen la responsabilidad de no haberse dado cuenta de las críticas que por tanto tiempo se le han hecho al socialismo, que nos han brindado razones para esperar tal desastre.

Nuestros amigos de la izquierda que apoyaron las políticas de Chávez son, en líneas generales, no culpables de ese mal intencional que generalmente llamamos “vicio.” De lo que son culpables es algo más, como “negligencia” intelectual. Ellos no quisieron “eso” en el caso de Venezuela, pero no hay duda de que debían haber comprendido mejor lo que pasaba.

Aquellos de nosotros, quienes entendemos el poder de los mercados para mejorar la vida de todos nosotros, no seremos muy efectivos en persuadir a otros de esa verdad, si damos por perdidos a aquellos simpatizantes del socialismo, como fabricantes del mal. Es mejor involucrarse cuidadosamente e intelectualmente, y ofrecerles una narrativa alternativa, que descartarlos como irredimibles.

La condena moral termina el diálogo productivo –ofrecer una narrativa alternativa puede empezarlo. El costo humano del socialismo es demasiado alto como para no entablar una conversación con aquellos que simpatizan con él, en las formas más efectivas posibles.

Steven Horwitz es el Profesor Distinguido Schnatter de Libre Empresa en el Departamento de Economía de Ball State University, en donde también es compañero del Instituto John H. Schnatter para el Empresariado y la Libre Empresa. Es autor de Hayek’s Modern Family: Classical Liberalism and the Evolution of Social Institutions y es compañero distinguido en la Fundación para la Educación Económica (FEE) y miembro de la red académica de la FEE.