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El Capitalismo y sus nombres.

Por Pedro Schwartz, Library of Economics and Liberty An Economist Looks at Europe 7 de noviembre del 2016, traducido por Jorge Corrales Quesada.

El crecimiento económico moderno -la duplicación simultánea del ingreso y de la población en cincuenta o setenta años- ha sido el mayor triunfo del capitalismo. [1] ─C. Nick Harley.

Nada está más de moda que echar por los suelos al capitalismo. Se ha dicho que el capitalismo es gravemente desigual y que se ha basado en la explotación de los débiles. Que divide a la sociedad en clases que luchan entre sí. Que su progreso ha destruido a comunidades e incluso a civilizaciones enteras. Que se está haciendo insostenible, pues contamina la atmósfera, agota los mares y pone en peligro a la biodiversidad. Que su consumismo desenfrenado socava las éticas del trabajo y del ahorro y de la inversión, que le permitieron florecer. Que ha sustituido mediante una regimentación encubierta a la libertad natural del individuo, Que ha envenenado las facultades superiores de los humanos, al reducirlos a una simple razón instrumental. Que mira a la sociedad como si fuera un conglomerado de átomos individuales, en vez de un todo armonioso. Que, en su corazón, es profundamente inmoral, al promover una ambición antisocial y una competencia belicosa, que minan a las inclinaciones más fraternales y de colaboración de la humanidad.

Dejaré para otro día la defensa antes tales acusaciones. En esta columna quiero ponerme en posición de ataque. No veo a la historia del capitalismo como si fuera un progreso puro, que no haya sido manchado por la crueldad: así, durante una cantidad de siglos las sociedades mercantiles de Europa y de los Estados Unidos comerciaron con esclavos y los explotaron; finalmente fueron emancipados, no por razones económicas, sino por un impulso moral y religioso. [2] Pero, cualesquiera que sean sus tachas, quiero mostrar uno de sus logros indudables. Quiero mostrar lo que el capitalismo ha hecho por los pobres.

EL NOMBRE QUE TODOS ADOPTARON

En este momento, el nombre “capitalismo” ya está bien establecido e incluso ha sido adoptado por los amigos de la libertad individual. Inicialmente, el término fue usado peyorativamente para referirse a la economía de libre mercado, acuñado, nada menos, que por su gran enemigo Karl Marx y su amigo Friedrich Engels. Pero, lentamente, se ha convertido en un término de apreciación del heterogéneo proceso histórico, que está dando lugar a logros en el bienestar humano, que incluso hasta los dogmáticos más ciegos deben reconocer.

Un ejemplo de esa recién hallada respetabilidad es la publicación en el 2014 de los dos volúmenes de la Cambridge History of Capitalism; constituye una contribución académica inesperada, un rayo de luz bienvenido entre la oscuridad anti-liberal desatada por la Gran Recesión de inicios del siglo XXI. Así, en el segundo volumen de este trabajo colectivo, el profesor Leandro Prados de la Escosura ha escrito un artículo acerca del “Capitalismo y el Bienestar Humano,” el cual lo inicia con la siguiente aseveración:

“[En] una comparación a más largo plazo, que abarca la última mitad del milenio, […] la evidencia sugiere que la industrialización y la globalización han tenido efectos positivos a largo plazo sobre el bienestar, no sólo a causa de niveles de ingreso más altos, sino porque la desigualdad declinó.” (P. 504).

Este es un reconocimiento espléndido de los poderes del capitalismo. Sin embargo, ‘el modo capitalista de producción’ (para usar la expresión de Marx, su archi-crítico) no debería de reducirse a la industrialización y a la globalización. Primero, en cuanto a las causas del nacimiento y expansión del capitalismo, uno debería escarbar más profundamente en las condiciones por las cuales llegó a existir. Una explicación puramente materialista del progreso del capitalismo, como fue aquélla de Marx, no sólo es incompleta, sino que también incluso puede ser peligrosa; los ejemplos de la Alemania Imperial, de la Unión Soviética y, tal vez, de la China de mañana, nos advierten de que las autoridades pueden querer desviar la economía de mercado en dirección de la industria pesada y de las exportaciones a cualquier costo, debido a que ellos ven al desarrollo capitalista como un instrumento del poder del estado.

Segundo, en cuanto a los resultados sociales del crecimiento y extensión del capitalismo, resaltar el ‘bienestar’ y la ‘igualdad’ resulta, de nuevo, ser superficial y, también, puede conducir a la política pública en una dirección indeseable. Por supuesto que los niveles de ingreso más elevados en todas partes, son una de las consecuencias bienvenidas del capitalismo. Por supuesto que una economía de mercado, libre y competitiva, reduce la desigualdad mucho más que las economías tradicionales o planificadas. No obstante, el análisis debería ser más profundo. Estos resultados bienvenidos fluyen de una mayor libertad de oportunidades que se da bajo el capitalismo. Con medidas de un estado de bienestar e igualadoras, las autoridades pueden, sin proponérselo, cortar el camino para lograr un progreso social mayor. Las políticas públicas que suspenden el funcionamiento de la competencia, a fin de ampliar el bienestar y la igualdad, pueden que terminen teniendo como costo al crecimiento y a la libertad individual. Nunca debemos olvidar que es a partir de la libertad individual que fluyen todas estas cosas buenas -el avance científico, el progreso técnico, la producción capitalista, la reducción de la pobreza, la movilidad social, la salud y la longevidad y también la representatividad política- todas esas características que están reflejadas en el “Índice de Desarrollo Humano” de las Naciones Unidas.

DEFINICIONES DE CAPITALISMO

Tradicionalmente la discusión política se ha visto plagada por una insistencia en una definición previa de los términos. Aristóteles, además de ser empíricamente mentalizado y observador, pensó que el conocimiento avanza por la definición de las esencias de las cosas y por el análisis de las características distintivas resumidas en la definición de cada esencia. Perseguir esencias es una búsqueda triste. Las así llamadas ‘definiciones’ del capitalismo deben ser vistas como hipótesis acerca de las condiciones para el nacimiento y desarrollo de este modo de organización de la sociedad.

En la práctica, las ‘definiciones’ de capitalismo por parte de historiadores y economistas institucionales, aparentando buscar aclarar el término, en realidad destacan aquellos de sus diversos elementos instituciones, que han provocado la obsolescencia de las economías tradicionales o de comando. Así, cuando Deepak Lal (2001, páginas 71 y siguientes) define al capitalismo, destaca los rasgos del individualismo, la curiosidad inquisitiva, los ambientes sociales y legales favorables a los mercaderes y el reconocimiento de la propiedad privada por el estado, implícitamente estaba contrastando las tradiciones e instituciones capitalistas, con aquéllas de sociedades más estancadas. Cuando Larry Neal, en su Introducción al volumen I de Cambridge History of Capitalism (página 2), agregó a ‘mercados con precios sensibles’, él estaba contrastando eso con el rechazo instintivo de la especulación en el mercado y con el anhelo de los ‘precios justos’ de las sociedades reguladas. La adición de Neal de ‘gobiernos que apoyaran’ a sus condiciones para el capitalismo, es una idea peculiar, en el sentido de que puede sorprender a más de uno de los libremercadistas, que Neal desarrolló en el mismo libro, al presentar al mercantilismo como la matriz histórica de los mercados libres y del libre comercio.

Aún más no convencional es el retrato que hace Deirdre McCloskey del capitalismo. (2006, p. 14). A las definiciones típicas, ella agrega la libertad laboral, mercados sensibles a los precios; ella sustituye la regla de la ley por un gobierno que apoya y la corona con un recordatorio del consenso ético, que previene que los pecados de la envida y la ira no maten a la innovación. Este último elemento es un rasgo característico de su énfasis en el lado moral e intelectual de la revolución capitalista. Ella habla de la “retórica burguesa”, como un elemento decisivo en el cambio hacia una sociedad que trabaja más duro, que ahorra prudentemente y que invierte con fines de obtener ganancias –que fue primeramente desarrollada a plenitud en la república de los mercaderes de los Países Bajos. Por lo tanto, estas ‘definiciones’ muestran algunas diferencias reveladoras. Los así llamados ‘anarco-capitalistas’ rechazarían de entrada a la necesidad de Larry Neal de contar con un gobierno que fuera favorable, como condición para el capitalismo y lo mismo harían en cuanto a las condiciones de Lal de ‘gobiernos que apoyen’. Y esta última condición claramente se convierte en el ensayo de Prado en una demanda de la ejecución y la intervención estatal, si uno lo lee en su totalidad.

Aun así, el contraste con la visión de capitalismo en las ‘definiciones’ de arriba, expuesta por Marx y Engels (1848), no podía ser más absoluta. Dado que, para aquellos dos comunistas, era la clase burguesa, como un todo, no las personas individuales, quienes creaban “las fuerzas productivas más masivas y colosales que lo que la suma de todas las generaciones previas hizo en el pasado.” Y, para ellos, la acumulación de capital físico y financiero fue una máquina que se movía a sí misma, impulsada por leyes históricas irresistibles, no como era para McCloskey, el resultado de un cambio en los valores morales.

Todo lo que esto muestra es que no estamos tratando con definiciones, sino con hipótesis históricas rivales, acerca de las condiciones institucionales e intelectuales y las creencias éticas para los establecimientos progresivos de los mercados libres.

CÓMO LES VA A LOS POBRES BAJO EL CAPITALISMO

Permítanme iniciar el debate acerca de posibles explicaciones, registrando el progreso al momento actual. En el año 2000, las Naciones Unidas le plantearon al mundo la tarea de lograr los “Objetivos de Desarrollo para el Milenio” (ODM). Tales objetivos eran

“1. Erradicar la pobreza y el hambre; 2. Lograr la universalización de la educación primaria; 3. Promover la igualdad de género y empoderar a las mujeres; 4. Reducir la mortalidad infantil; 5. Mejorar la salud maternal; 6. Combatir el SIDA, la malaria y otras enfermedades; 7. Asegurarse de la sostenibilidad medioambiental; 8. Desarrollar una colaboración global para el desarrollo.”

En todos ellos se ha logrado progresar, tal como lo hizo notar el Reporte del 2015 sobre el ODM. Permítanme enfocarme en la erradicación de la pobreza y del hambre.

Usando dólares corregidos por la inflación, el primer Objetivo del Milenio fue “reducir a la mitad, entre 1990 y el 2015, la proporción de personas cuyo ingreso era menor de $1 al día”. De hecho, tomando en cuenta incluso al límite aún más elevado de $1.25 al día, el objetivo de reducir a la mitad la proporción de los muy pobres en comparación con la población total, se logró cinco años antes, en el 2010. Para el período 1990-2015, los resultados reales (ilustrado en el Gráfico 1) fueron:

La pobreza extrema ha declinado significativamente durante las últimas dos décadas. En 1990, cerca de la mitad de la población en el mundo en desarrollo vivía con menos de $1.25 al día; esa proporción se redujo al 14 por ciento en el 2015.

Globalmente, el número de personas viviendo en pobreza extrema ha declinado en más de la mitad, reduciéndose de 1.9 miles de millones en 1990 a 836 millones en el 2015.

GRÁFICO 1. Número de personas viviendo con menos de $1.25 al día en todo el mundo, 1990-2015. El número de personas viviendo en pobreza extrema ha declinado en más de la mitad desde 1990.

Fuente: Reporte del 2015 de los Objetivos de Desarrollo Mundial para el Milenio, p. 15. Naciones Unidas.

Una reducción de la tasa de pobreza extrema del 47% al 14% es un desarrollo que debe ser aclamado. Y también lo es una disminución del número de los muy pobres en 2.44 millones. A pesar de ello, los autores del reporte justamente reiteran que “a pesar del enorme progreso, cerca de 800 millones de personas viven aún en pobreza extrema.” (Naciones Unidas 2015, Overview, página 8).

Angus Deaton (2013, páginas 249-255) toma las cifras y fechas del Banco Mundial: $1.25 en dólares del 2005, lo cual, para una familia de cuatro, significa $1.825 al año. Al respecto, el número de personas en extrema pobreza se redujo de 1.5 miles de millones en 1981 a 8.05 millones en el 2008. Dado un incremento de la población en esos años, de casi 2 mil millones de personas, la proporción de un número más pequeño de los muy pobres sobre una población más grande, tiene que haber caído más rápidamente: así lo fue –de 42% a 14%.

Necesariamente estas cifras deben ser aproximaciones, dada la dificultad de obtenerlas en todo el mundo y de referirlas a personas en muchas situaciones sociales diferentes. La pobreza puede ser medida estimando el ingreso total o el gasto total, por medio de dos métodos: uno es mediante encuestas de hogares, preguntándoles a las familias y contando cuántos viven en el hogar; el otro es por medio de las cuentas del ingreso nacional, las cuales deben tener cifras del ingreso y gasto per cápita, para cada país. [3] Como quiera que sea su precisión en cuanto a los números absolutos, estas dos fuentes pueden usarse para comprobar la una con la otra y, como lo enfatiza Deaton, son más confiables para mostrar tendencias. Es más, uno necesita decidir qué tipo de cambio usar, cuando compara gastos o ingresos entre países que tienen diferentes monedas. Los tipos de cambio de los mercados son volátiles y reflejan muchas circunstancias distintas, de manera que es mejor definir el valor de intercambio mediante una comparación de los poderes adquisitivos de las monedas en sus respectivos países. Aun así, las Paridades de Poder de Compra (PPC) brindan resultados cuestionables. Un pensamiento final (Deaton, página 255) es que en los países en donde los pobres constituyen una proporción sustancial de su población, hay millones de personas que están justamente por encima o por debajo de las líneas de pobreza, de manera que un cambio pequeño en la definición, incrementa o reduce sustancialmente a los números.

Aun así, el resultado grande y comprensivo es que, a pesar de su carácter aproximado, los números nos brindan una indicación confiable de una mejoría. El incremento en el ingreso por hogar, en conjunto con el incremento de la población, constituye una indicación clara de mejores estándares de vida. Tal como lo relata McCloskey (página 16), de 1830 al 2000 la población del mundo aumentó “en un factor de seis.” Entre tanto, agrega ella, “[l]a cantidad de bienes y servicios producidos y consumidos por la persona promedio en el planeta ha aumentado, desde 1830, en un factor de alrededor de ocho y medio.” Esto último significa que la producción total per cápita debe haber aumentado en catorce y media veces –no en un 14.5 por ciento, sino en un 1.550 por ciento. ¡Thomas Malthus refutado por la productividad capitalista!

BIENESTAR INDIVIUDAL BAJO EL CAPITALISMO

El incremento fenomenal en la productividad por cabeza, desde la época de las ciudades estados de los mercaderes en el norte de Italia durante el siglo XIII hasta el día de hoy, ha sido la máquina principal para la mejoría de la condición humana durante los últimos cinco siglos. En la explicación del progreso reciente de la humanidad, ésta es la razón por la cual quiero separar al elemento de echt Kapitalismus [Capitalismo real], de las mezclas adicionadas de bienestar social en nuestra época.

No hay duda que el capitalismo de bienestar creado en Occidente durante el último siglo ha incrementado, directa o indirectamente, el bienestar de la humanidad. En el ensayo anteriormente citado, el Profesor Prados sigue el ejemplo de muchos otros distinguidos economistas, en cuanto a la preferencia para medir el progreso de las sociedades capitalistas mediante el “bienestar”, en vez de la productividad por cabeza. El bienestar él lo define tal como la hace las Naciones Unidas, en su arriba citado Índice de Desarrollo Humano (IDH), en donde, además del ingreso nacional per cápita, se incluyen la esperanza de vida al nacer y la escolaridad y la alfabetización. En algunas versiones del IDH, éste es corregido por la desigualdad, afirmando así, imperceptiblemente, la superioridad del capitalismo social-democrático por encima del capitalismo de laissez faire.

De ninguna manera doy a entender que el bienestar, tal como es medido por el IDH, no sea importante. También, el progreso del PIB per cápita es, en todo caso, parcialmente influido por los avances en las dimensiones reflejadas en las métricas del IDH; hay una retroalimentación de salud, educación, “de agenciarse” y de igualdad hacia la productividad, tal como es medida por el PIB per cápita. Pero, en gran parte, estos desarrollos son usos en vez de causas del crecimiento del producto nacional. Incluso uno podría vislumbrar esas políticas sociales redistributivas, principalmente como detracciones del crecimiento logrado por el mercado libre.

EL CRECIMIENTO DE LA PRODUCCIÓN POR CABEZA

En resumen, deberíamos tomar al producto interno bruto por cabeza como el mejor indicador del progreso fenomenal de nuestras sociedades durante los últimos siete siglos. Con todos sus defectos como medida del ingreso [4] y por la imprecisión de los datos de períodos remotos, el PIB por cabeza es lo que más se aproxima a la medición del efecto del sistema capitalista sobre la sociedad, como si lo hubiera sido, de arriba abajo, por un sistema de laissez faire.

La fuente clásica de la evolución del PIB per cápita es el gran historiador económico Angus Maddison (1926-2010), quien murió después de una vida de investigación incesante. Sus discípulos y sus amigos han decidido continuar sus esfuerzos en el “Proyecto Maddison: investigación colaborativa acerca de las cuentas nacionales históricas” ["Maddison Project: collaborative research on historical national accounts"], una de las cuales aparece ilustrada en el Gráfico 2, PIB per cápita, ajustado por la inflación:

Graph 2. GDP per capita, inflation adjusted

Gráfico compilado a partir de los datos de Angus Maddison, que compara los PIB per cápita de unas pocas de las principales economías a partir de 1700 d.C.

Fuente: M Tracy Hunter.

El Gráfico 2 me justifica suficientemente cuando hablo del “milagro económico del capitalismo.”

LOS ANTI-CAPITALISTAS BATIDOS EN RETIRADA

Aunque nacido en Escocia, Angus Deaton, Premio Nobel en Economía en el 2015 es, por inclinación, un liberal en el sentido en que se usa en los Estados Unidos [Nota del traductor: estatista o intervencionista] en vez de un liberal clásico. En su análisis detallado de lo que él llama The Great Escape [El Gran Escape] (2013), él muestra que los avances en salud, en parte independientes del mercado, han contribuido a mejorar el destino de la humanidad. La contención de la enfermedad y la extensión de la vida de lo cual hemos sido testigos durante los últimos dos siglos, sin duda que se han debido, al menos en parte, a la intervención gubernamental y a la política internacional. Yo mismo escribí hacer varios años un comentario acerca de Edwin Chadwick y John Stuart Mill, en donde expuse la historia de su defensa de la intervención administrativa para luchar contra la expansión del cólera en algunos distritos de Londres, logrando que las autoridades locales limpiaran el agua de beber contaminada. (Schwartz, 1966). Deaton expone con elocuencia las contribuciones estatales en cuanto al cuidado de la salud que transforma las vidas.

Aquí, de nuevo, apelo a la autoridad de McCloskey, cuando ella enfatiza los elementos espirituales y morales en la historia del capitalismo. [5] El punto de vista puramente materialista del desarrollo del capitalismo, presentado por Marx y Engels, es aun excesivamente influyente. No es tan sólo que las medidas para mejorar la salud, elocuentemente relatadas por Deaton, habrían estado fuera del alcance de la mayoría de no haber sido por la productividad económica de los mercados libres. Más importante aún, los avances en el conocimiento en los cuales se basa el milagro de la salud, en el fondo son resultados de la libertad de pensamiento y de descubrimiento. También lo mismo se puede decir del mercado. El capitalismo no es sino una de las formas de la libertad individual.

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REFERENCIAS

Deaton, Angus (2013): The Great Escape. Health, Wealth and the Origins of Inequality. Princeton University Press.

Fogel, Robert William (1989): Without Consent or Contract. The Rise and Fall of American Slavery. W.W. Norton, New York.

Harley, C. Nick (2014): "British and European industrialization", en Larry Neal & Jeffrey G. Williamson, eds.: The Cambridge History of Capitalism, volumen. I, p.p. 491-532. Cambridge University Press.

Lal, Deepak (2001): Unintended Consequences. The Impact of Factor Endowment, Culture, and Politics on Long-Run Economic Performance. MIT Press.

Maddison, Angus (2016):

http://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=34088252

Marx, Karl, & Engels, Friedrich (1848): The Communist Manifesto. Diversas ediciones.

McCloskey, Deirdre Nansen (2006): The Bourgeois Virtues. Ethics for an Age of Commerce. Chicago University Press. 

—— (2016): Bourgeois Equality. How Ideas, not Capital or Institutions, Enriched the World. Oxford University Press.

Neal, Larry, & Williamson, Jeffrey G., eds. (2014): The Cambridge History of Capitalism. Vol. I, The Rise of Capitalism: From Ancient Origins to 1848. Vol. II, The Spread of Capitalism: From 1848 to the Present. Cambridge University Press.

Pinkowskyi, Maxim, & Sala-i-Martin, Xavier (2009): "Parametric estimations of the World Distribution of Income", Working Paper 15433, NBER.

Prados de la Escosura, Leandro (2014): "Capitalism and Human Welfare", en Neal et al. (2014), p. p. 501-538. Cambridge University Press.

Schwartz, Pedro (1966): "John Stuart Mill and Laissez Faire: London Water". Economica, N.S. volumen 38, número 129, febrero, p. p. 71-83.

United Nations (2016): Report on the Millennium Development Goalshttp://www.undp.org/content/undp/en/home/sdgoverview/mdg_goals/mdg1/and http://www.un.org/millenniumgoals/2015_MDG_Report/pdf/MDG%202015%20rev%20(July%201).pdf

United Nations (anual)Human Development Index

http://hdr.undp.org/sites/default/files/2015_human_development_report.pdf


NOTAS AL PIE DE PÁGINA

[1] Harley, C. Nick (2014): "British and European industrialization", en Larry Neal & Jeffrey G. Williamson, eds.: The Cambridge History of Capitalism, volumen I, p.p. 491-532. Cambridge University Press.

[2] Fogel (1989),"Afterword".

[3] Pinkowskyi & Sala-i-Martin (2009) juntan tanto a las encuestas con los datos del ingreso nacional –un control cruzado que hace que sus resultados sean más confiables. También, ellos presentan sus resultados en forma de curvas de distribución normal [curvas en forma de campana], lo cual permite que uno vea sus resultados intuitivamente, en el grado en que ellas difieran de una forma de distribución (log)- normal.

[4] Ver Angus Deaton (2013) páginas 169-173. El PIB per cápita incluye el ingreso generado en el país para beneficio de partes extranjeras, las ganancias no distribuidas de las empresas y los excedentes presupuestarios de los gobiernos federal, estatal y local. Desde el punto de vista del progreso personal, podríamos querer usar el ingreso personal disponible o bien los gastos de los consumidores.

[5] Depak Lal (1998) también destaca al elemento del individualismo y la curiosidad científica, para ser agregados a las dotaciones de factores y a las políticas, para la explicación del entonces ‘Prometeico’ crecimiento del capitalismo.

Pedro Schwartz es el profesor de investigación en economía “Rafael del Pino” de la Universidad Camilo José en Madrid. Miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas en Madrid y es un contribuyente frecuente de los medios europeos en temas actuales financieros y de las escena social. Actualmente es presidente de la Sociedad Mont Pelerin.


An Economist Looks at Europe
 | NOVEMBER 7, 2016

Capitalism and Its Names

Pedro Schwartz*

Modern economic growth—the simultaneous doubling of income and population in fifty or seventy years—has been capitalism's greatest triumph.1 —C. Nick Harley

Nothing is more fashionable than to run capitalism down. Capitalism is said to be gravely unequal and to have been based on the exploitation of the weak. It divides society into warring classes. Its progress has destroyed communities and even whole civilizations. It is turning out to be unsustainable, since it pollutes the atmosphere, depletes the seas, and endangers biodiversity. Its unbridled consumptionism undermines the ethics of work and of saving and investment that allowed it to flourish. It has substituted covert regimentation for the natural freedom of the individual. It has poisoned the higher human faculties by reducing them to mere instrumental reason. It sees society as a conglomerate of individual atoms rather than as a harmonious whole. At heart, it is deeply immoral, as it fosters antisocial greed and war-like competition, thus undermining the more fraternal and collaborative inclinations of humankind.

I will leave the defence against such accusations for another day. In this column I want to move on the attack. I do not see the history of capitalism as a tale of unalloyed progress untainted by cruelty: thus, for a number of centuries the merchant societies of Europe and America traded in slaves and exploited them; they were finally emancipated, not for economic reasons but by moral and religious impulse.2 But whatever its blemishes I want to show one of its undoubted achievements. I want to show what capitalism has done for the poor.

THE NAME ADOPTED BY ALL

The name 'capitalism' is well established by now and has been adopted even by the friends of individual freedom. The term was initially used as a pejorative for free market economics, coined by no less an enemy than Karl Marx and his friend Friedrich Engels. But slowly it has become a term of appreciation of the motley historical process that is delivering achievements in human well-being that even the blindest dogmatist must recognise.

An example of that newly found respectability is the publication of the two volumes of the Cambridge History of Capitalism in 2014; they are an unexpected scholarly contribution, a welcome ray of light amid the anti-liberal murk discharged by the Great Recession of the beginning of the 21st century. Thus, in the second volume of this collective work, Professor Leandro Prados de la Escosura has written a paper on "Capitalism and Human Welfare," where he starts with the following assertion:

[In] a longer run comparison, encompassing the last half millennium, [...] the evidence suggests that industrialization and globalization had long-term positive effects on well-being, not only because higher income levels, but because inequality declined. (pg. 504)

This is a handsome recognition of the powers of capitalism. However, 'the capitalist mode of production' (to use the expression of Marx, its arch-critic) should not be reduced to industrialization and globalization. First, as to the causes of the birth and spread of capitalism, one should dig deeper into the conditions whereby it came into existence. A purely materialistic interpretation of the progress of capitalism, as was that of Marx, is not only incomplete but can even be dangerous; the examples of Imperial Germany, the Soviet Union, and perhaps tomorrow's China warn us that the authorities may want to deflect the market economy in the direction of heavy industry and exports at all costs because they see capitalist development as an instrument of state power.

Second, as to the social results of the growth and extension of capitalism, highlighting 'well-being' and 'equality' is again superficial and may also lead public policy in an undesirable direction. Of course, higher income levels all round are one of the welcome consequences of capitalism. Of course, a free and competitive market economy reduces inequality much more than in traditional or planned economies can do. The analysis, however, should go deeper. These welcome results flow from a greater liberty of opportunity under capitalism. With welfarist and egalitarian measures, the authorities may unwittingly blind the road to further social progress. Public policies that suspend the working of competition to enhance well-being and equality may turn out to come at the cost of growth and of individual freedom. We must never forget that it is from individual freedom that all these goods flow—scientific advance, technical progress, capitalist production, reduction of poverty, social mobility, health and longevity, and also political representation—all the traits reflected in the United Nation's "Human Development Index".

DEFINITIONS OF CAPITALISM

Political discussion has traditionally been blighted by an insistence on a previous definition of terms. Aristotle, despite being empirically-minded and observant, thought that knowledge is advanced by the definition of essences of things and by the analysis of the distinctive traits summed in the definition of each essence. Essence chasing is a forlorn pursuit. So-called 'definitions' of capitalism should be seen as hypotheses about the conditions for the birth and development of this mode of organisation of society.

For more on these topics, see Capitalism, by Robert Hessen and Standards of Living and Modern Economic Growth, by John V.C. Nye in the Concise Encyclopedia of Economics

In practice, 'definitions' of capitalism by historians and institutional economists, under the guise of seeking to clarify the term, really highlight those of its diverse institutional elements that have brought about the obsolescence of traditional or command economies. Thus, when Deepak Lal (2001, pages 71 ff.), when defining capitalism, underlined the traits of individualism, of inquisitive curiosity, of social and legal environments favourable to merchants, and of the recognition of private property by the state, he was implicitly contrasting capitalist traditions and institutions with those of more stagnant societies. When Larry Neal, in his Introduction to volume I of the Cambridge History of Capitalism (page 2) added "markets with responsive prices", he was contrasting this with the instinctive rejection of market speculation and the hankering after 'just prices' of regulated societies. Neal's addition of "supportive governments" to his conditions for capitalism is distinctive, in that it may surprise more than one free-marketeer, an idea Neal developed in the same book when presenting mercantilism as the historical matrix of free markets and free trade.

See the EconTalk podcast episode McCloskey on Capitalism and the Bourgeois Virtues.

More unconventional still is Deirdre McCloskey's portrait of capitalism. (2006, page 14) To the typical definitions she adds free labour, markets responsive to prices; she substitutes the rule of law for supportive government; and she crowns it with a reminder of the ethical consensus that prevents the sins of envy and of anger from killing innovation. This last element especially is distinctive of her emphasis on the moral and intellectual side of the capitalist revolution. She speaks of "bourgeois rhetoric" as a decisive element in the change towards a hard-working, prudently-saving, for-profit-investing society—first fully deployed in the merchant republic of the Low Countries. Those 'definitions', therefore, show some telling differences. So-called 'anarcho-capitalists' would reject out of hand Larry Neal's need for a favourable government as a condition of capitalism; and the same for Lal's conditions of "supportive governments". And this last condition clearly becomes a demand for state enforcement and intervention in Prado's essay, if one reads it in full.

Still, the contrast with the view of capitalism in the above 'definitions', with Marx and Engels' (1848) could not be starker. For those two communists it was the bourgeois class as a whole, not individual people, who created "productive forces more massive and colossal than the sum of all previous generations did in the past". And for them the accumulation of physical and financial capital was a self-moving engine driven by irresistible historical laws, not as for McCloskey the result of a change in moral values.

"We are not dealing with definitions but with contending historical hypotheses about the necessary institutional conditions and intellectual and ethical beliefs for the progressive establishments of free markets."

All this shows that we are not dealing with definitions but with contending historical hypotheses about the necessary institutional conditions and intellectual and ethical beliefs for the progressive establishments of free markets.

HOW THE POOR FARE UNDER CAPITALISM

Let me start the debate on possible explanations by recording present-day progress. In the year 2000, the United Nations set the world the task of attaining the "Millennium Development Goals" (MDG). Those goals were:

1. Eradicate poverty and hunger; 2. Achieve universal primary education; 3. Promote gender equality and empower women; 4. Reduce child mortality; 5. Improve maternal health; 6. Combat HIV/AIDS, malaria and other diseases; 7. Ensure environmental sustainability; 8. Develop a global partnership for development.”

On all of them there has been progress, as noted in the 2015 Report on MDGs. Let me focus on the eradication of poverty and hunger.

Using dollars corrected for inflation, the first Millennium Goal was "halve, between 1990 and 2015, the proportion of people whose income is less than $1 a day". In fact, taking the even higher cut-off limit of $1.25 a day, the goal of halving the proportion of the very poor compared with total population was reached five years in in advance, in 2010. For the period 1990-2015, the actual results (illustrated in Graph 1) were:

Extreme poverty has declined significantly over the last two decades. In 1990, nearly half of the population in the developing world lived on less than $1.25 a day; that proportion dropped to 14 per cent in 2015.

Globally, the number of people living in extreme poverty has declined by more than half, falling from 1.9 billion in 1990 to 836 million in 2015.

Graph 1. Number of people living on less than $1.25 a day worldwide, 1990-2015

Source: The Millennium World Development Goals Report 2015, p. 15. United Nations.

A reduction of the extreme poverty rate from 47% to 14% is a development to be hailed. And so is a reduction of the number of the very poor by 2.44 million. But the authors of the report fairly remark that "despite enormous progress, about 800 million people still live in extreme poverty" (UN 2015, Overview, page 8).

Angus Deaton (2013, pages 249-255) takes World Bank figures and dates: $1.25 in 2005 dollars, which for a family of four means $1,825 a year. On that calculation, the number of those extremely poor people fell from 1.5 billion in 1981 to 8.05 million in 2008. Given a population increase in those years of almost 2 billion people, the proportion of a smaller number of the very poor on a larger population must have fallen even more quickly: so it was—from 42% to 14%.

These figures necessarily must be approximations, given the difficulty of obtaining them across the world and referring them to people in so many different social situations. Poverty can be measured by estimating total income or total spending by two methods: one is by household surveys, by asking families and counting how many live in the home; the other is by national income accounts, which should have figures for the per capita income and spending for each country.3Whatever their accuracy as regards absolute numbers, these two sources can be used to check each other and, as Deaton underlines, they are more reliable for showing trends. Further, one needs to decide what exchange rate to use when comparing expenditures or incomes between countries with different currencies. Market exchange rates are volatile and reflect many different circumstances, so it is better to define the exchange value by comparing the purchasing power of moneys in their respective countries. Even so, Purchasing Power Parities (PPP) give disputable results. A last thought (Deaton, page 255) is that in countries where the poor make up a substantial proportion of the population, there are millions of people who are just above or below the poverty lines, so that a small change in definition increases or reduces the numbers substantially.

Still, the large and encompassing result is that, despite their approximate character, the numbers do give a reliable indication of betterment. The increase in income per household together with the increase in population is a clear indication of better standards of living. As McCloskey (page 16) recounts, from 1830 to 2000 the population of the world increased "by a factor of six". Meanwhile, she adds, "[t]he amount of goods and services produced and consumed by the average person on the planet has risen since 1830 by a factor of about eight and a half." This last means that total production per capita must have increased fourteen and a half times—not by 14.5 per cent but by 1,550 per cent. Thomas Malthus refuted by capitalist productivity!

INDIVIDUAL WELL-BEING UNDER CAPITALISM

The phenomenal increase in productivity per head from the time of the merchant city-states of northern Italy in the 13th century to the present day has been the main engine of the betterment of the human condition during the last five centuries. In the explanation of the late progress of humanity, that is why I wish to separate the element of echt Kapitalismus from the social welfare admixtures of our time.

No doubt the welfare capitalism created in the West during the last century has directly or indirectly increased the well-being of mankind. In the above-mentioned essay, Professor Prados follows the example of many other distinguished economists in preferring to measure the progress of capitalist societies by 'well-being' rather than by productivity per head. Well-being he defines as does the United Nations with their above-mentioned Human Development Index (HDI), which apart from national income per capita includes life expectancy at birth and schooling and literacy. In some versions HDI is corrected for inequality, thus insensibly affirming the superiority of social-democratic capitalism over laissez faire capitalism.

In no way do I mean to say that well-being as measured by the HDI is not important. Also, the progress of GDP per head is in any case partly influenced by advances in the dimensions reflected in the metrics of the HDI; there is feedback from health, education, 'agency', and equality to productivity as measured by the GDP per head. But in greater part these developments are uses rather than causes of growth of the national product. One could even see these redistributive social policies mostly as detractions from the growth brought about by the free market.

THE GROWTH OF PRODUCTION PER HEAD

In sum, we should take the gross domestic product per head as the best indicator of the phenomenal progress of our societies during the last seven centuries. With all its defects as a measure of income4 and the imprecision of the data for remote periods, GDP per head comes nearest to measuring the effect of the capitalist system on society, as if it had been throughout a laissez faire system.

The classical source of the evolution of per capita GDP is the great economic historian Angus Maddison (1926-2010), who died after a life of unremitting research. His disciples and friends have decided to continue his efforts in the "Maddison Project: collaborative research on historical national accounts", one of which is illustrated in Graph 2. GDP per capita, inflation adjusted:

Graph 2. GDP per capita, inflation adjusted

A graph compiled from Angus Maddison's data comparing the GDP per capita of a few major economies since 1700 AD.

  Source: M Tracy Hunter.

Graph 2 sufficiently justifies me when I speak of 'the economic miracle of capitalism'.

The anti-capitalists put in flight

Though born in Scotland, Angus Deaton, 2015 Nobel Laureate in Economics, is by inclination an American liberal rather than a classical liberal. In his nuanced analysis of what he calls The Great Escape (2013) he shows that advances in health in part independent of the market have contributed to improve the fate of humanity. The containment of illness and the extension of life we have witnessed during these last two centuries are no doubt due, at least in part, to government intervention and international policy. I myself many years ago wrote a piece on Edwin Chadwick and John Stuart Mill, where I told the story of their defence of administrative intervention to fight the spread of cholera in some London quarters by having local authorities clean contaminated drinking water. (Schwartz, 1966). Deaton grows eloquent on the contributions of states to life-transforming health care.

Here I call again on the authority of McCloskey when she underlines the spiritual and moral elements in the history of capitalism.5 The purely materialist view of the development of capitalism presented by Marx and Engels is still excessively influential. It is not just that the health improving measures eloquently recounted by Deaton would have been out of reach for the majority without the economic productivity of free markets. More importantly, the advances in knowledge on which the health miracle is based are at bottom the result of freedom of thought and discovery. And so is the free market. Capitalism is but one of the forms of individual liberty.

References

Deaton, Angus (2013): The Great Escape. Health, Wealth and the Origins of Inequality. Princeton University Press.

Fogel, Robert William (1989): Without Consent or Contract. The Rise and Fall of American Slavery. W.W. Norton, New York.

Harley, C. Nick (2014): "British and European industrialization", in Larry Neal and Jeffrey G. Williamson, eds.: The Cambridge History of Capitalism, vol. I, pgs. 491-532. Cambridge University Press.

Lal, Deepak (2001): Unintended Consequences. The Impact of Factor Endowment, Culture, and Politics on Long-Run Economic Performance. MIT Press.

Maddison, Angus (2016): http://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=34088252

Marx, Karl, and Engels, Friedrich (1848): The Communist Manifesto. Many editions.

McCloskey, Deirdre Nansen (2006): The Bourgeois Virtues. Ethics for an Age of Commerce.Chicago University Press. 

—— (2016): 
Bourgeois Equality. How Ideas, not Capital or Institutions, Enriched the World. Oxford University Press.

Neal, Larry, and Williamson, Jeffrey G., eds. (2014): The Cambridge History of Capitalism. Vol. I, The Rise of Capitalism: From Ancient Origins to 1848. Vol. II, The Spread of Capitalism: From 1848 to the Present. Cambridge University Press.

Pinkowskyi, Maxim, and Sala-i-Martin, Xavier (2009): "Parametric estimations of the World Distribution of Income", Working Paper 15433, NBER.

Prados de la Escosura, Leandro (2014): "Capitalism and Human Welfare", in Neall et al.(2014), pgs. 501-538. Cambridge University Press.

Schwartz, Pedro (1966): "John Stuart Mill and Laissez Faire: London Water". Economica, N.S. vol. 38, nr. 129, February, pgs 71-83.

United Nations (2016): Report on the Millennium Development Goalshttp://www.undp.org/content/undp/en/home/sdgoverview/mdg_goals/mdg1/and http://www.un.org/millenniumgoals/2015_MDG_Report/pdf/MDG%202015%20rev%20(July%201).pdf

United Nations (yearly): Human Development Indexhttp://hdr.undp.org/sites/default/files/2015_human_development_report.pdf

Footnotes

1.

Harley, C. Nick (2014): "British and European industrialization", in Larry Neal and Jeffrey G. Williamson, eds.: The Cambridge History of Capitalism, vol. I, pgs. 491-532. Cambridge University Press.

2.

Fogel (1989),"Afterword".

3.

Pinkowskyi and Sala-i-Martin (2009) merge both survey and national income data—a cross check that makes their results more reliable. Also they present their results in the form of bell curves, which allows one to see their results intuitively in as far as they differ from a (log)-normal distribution shape.

4.

See Angus Deaton (2013), pages 169-173. GDP per capita includes income generated in the country for the benefit of foreign parts, undistributed company profits, and budget surpluses of the federal state and local government. From the point of view of personal progress we might want to use personal disposable income or even consumers' expenditure.

5.

Deepak Lal (1998) also underlines the element of individualism and scientific curiosity, as added to factor endowments and politics, for the explanation of then 'Promethean' growth of capitalism.

*Pedro Schwartz is "Rafael del Pino" Research Professor of economics at Universidad Camilo José in Madrid. A member of the Royal Academy of Moral and Political Sciences in Madrid, he is a frequent contributor to the European media on the current financial and social scene. He currently serves as President of the Mont Pelerin Society.