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Costa Rica en la Encrucijada.

Tercer artículo de la serie.

No podemos elegir inútiles. No podemos llevar a personas a experimentar con el Estado. No podemos sustituir a los que saben por los que ignoran. No podemos conspirar contra el interés nacional ni contra el particular de todos los costarricenses. No hay sustituto al conocimiento y la capacidad. No hay alternativa a la integridad y a la honestidad.

Sinceramente

Malas escogencias. ¡Los inútiles al poder!

Ningún escenario político es más favorable a los costarricenses que poder escoger entre varios magníficos candidatos. ¡Los partidos políticos deben deslumbrarnos con su excelencia humana!

Lo deplorable es que las buenas personas, inteligentes y capaces, honestas y diestras no aceptan entrar en la política ni en la administración pública. Han sido deliberadamente espantadas de ella por el matonismo político.

Costa Rica se ha visto sometida a una brutal campaña de medios y de redes sociales en la que se ha afirmado una y mil veces que los líderes políticos son “todos corruptos” y además “siempre los mismos”. Esto ha generado percepciones políticas gravísimas en torno a la honestidad de toda la clase política y la necesidad de su reemplazo de manera urgente, súbita, e irreflexiva.

Los troles o matones de las redes insultan, degradan, buscan destruir al mensajero adversario, nunca argumentan. Ellos hablan mucho, dicen poco, no hacen nada. Han logrado con su campaña que el 74,9% de los costarricenses no tenga afiliación partidaria. Pareciera que su designio es desmantelar la estructura de partidos que es la primera línea de defensa de la democracia. Tenemos que perseguir la corrupción pero solamente a los corruptos, sin generalizar, focalizando la acción sobre los presuntos culpables.

El principio de la presunción de inocencia debe restablecerse plenamente. No se desecha lo bueno. No se descarta lo que sirve. Quitar lo que funciona para experimentar con lo que no sabemos si funcionara es tremendamente riesgoso. A eso nos ha llevado la campaña de los inútiles.

¿Cómo atraer valores, personas valiosas y capaces, diestras y responsables a la política? ¿Cómo conservar a los buenos para que no se vayan? El matoneo político busca alejar a las buenas personas, no debemos tolerar la corrupción jamás, pero linchar inocentes tampoco. Todo ello ha sido una argucia preconcebida e inteligente y diligentemente ejecutada como herramienta política para destruir la legitimidad de toda la clase dirigente costarricense sin distingos.

Resulta que la sustitución apresurada de toda la clase política nos lleva a tener improvisados al frente de partidos y de la administración pública. Así se destruye el sistema. El objetivo último es acabar con la democracia. También personas honestas y decentes han sido movilizadas por las agrupaciones al ejercicio de un improvisado liderazgo. Pero la improvisación conlleva ausencia de experiencia y de destrezas creadas en esas personas.

No es lo mismo dar clases a un grupo de 40 alumnos que administrar un sector público con 300 mil trabajadores. ¡Qué lamentable los han quemado! No deben los costarricenses elegir con el sentimiento lo que demanda el ejercicio sereno de la razón.

No deben los costarricenses seguir la estrategia de juzgar a todos corruptos sin pruebas, a base de rumores, y demandar su sustitución inmediata. Los costarricenses deben buscar elegir a las personas más honestas, íntegras y capacitadas para el ejercicio de los puestos elegibles y de la administración pública. Los jerarcas y diputados deben ser escogidos de entre los comprobadamente decentes y honestos. Los inútiles generan daños incalculables al país al no hacer nada o hacer las cosas mal.

Son tan perniciosos que los costarricenses hemos apreciado esas claras incapacidades en su quehacer diario, en su conducta, en sus discursos, en su falta de congruencia, en sus frecuentes contradicciones. No podemos elegir inútiles. No podemos llevar a personas a experimentar con el Estado. No podemos sustituir a los que saben por los que ignoran. No podemos conspirar contra el interés nacional ni contra el particular de todos los costarricenses. No hay sustituto al conocimiento y la capacidad. No hay alternativa a la integridad y a la honestidad.

Emilio R. Bruce
Profesor
ebruce@larepublica.net

Segundo artículo de la serie.

Añoro el país donde se destacaba lo bueno, donde se lucían las galas de los éxitos y no la amargura de fracasos. Rechazo el país de tan solo gestos, de frases de relumbrón vacías, de ausencia de planes y proyectos, de estancamientos de obras de infraestructura, de desesperanza.

Sinceramente

¡Devuélvanme el país que nos quitaron!

Cuando vuelco la memoria unos pocos años atrás recuerdo un país diferente, no necesariamente mejor, pero algunas características deseables de la población y de la dirigencia económica, política y social destacaban.

Añoro un país respetuoso, de personas buenas que expresaban sus criterios sin etiquetar, o descalificar al mensajero, sino siempre atendiendo las ideas y discutiendo los conceptos. Este sentido de analizar lo expresado por nuestros semejantes nos llevaba a discutir y enriquecernos todos, no a intercambiar insultos y groseros calificativos como sucede actualmente. Eso de intercambiar expresiones groseras que no contribuyen al desarrollo de nuevas y mejores ideas es un hábito adquirido a partir de la estrategia política de asesinar caracteres y descabezar la legitimidad de la dirigencia económica, política y social de nuestro país por quienes desean reemplazar la democracia por un autoritarismo populista. Añoro a los costarricenses con más paz interior y menos agresores.

Añoro la Costa Rica con propósitos claros no el país de la ruta incierta y el callejón que seguimos zigzagueante, sin objetivos claros, sin propósitos. Era maravilloso mi país, el que nos quitaron, en el que podíamos discrepar con argumentos de la ruta seguida, pero teníamos una ruta clara y una ruta razonada y debatida. Un país sin metas y sin propósitos es un país que no va hacia ningún lado y se conserva estancado en el entrecruce de acusaciones, de frases vacías y posiciones populistas.

Añoro la Costa Rica de empleo pleno con un gobierno empujando por todas las esquinas a la iniciativa de los ciudadanos para que estos crearan puestos de trabajo, formaran sus empresas y fueran prósperos. Esto resulta lejano del país con la tramitomanía exasperante que vivimos, de los muy numerosos permisos y papeleo que son mayormente inconducentes, que demoran y cuestan, que estorban e impiden.

A Costa Rica se le olvidó que no está sola en el mundo, que la competitividad es cuestión y lucha de todos los días de la vida. Que muchos otros países están trabajando para quitarnos la prosperidad y las oportunidades de inversión, exportaciones, trabajos, educación y desarrollo siendo simplemente mejores. Se nos olvidó que la excelencia es una forma de vida. El Estado y sus instituciones estorbadoras, los funcionarios agresivos y llenos de negatividad hacia los individuos que tratan de levantar empresa y no vivir ni depender del Estado es un panorama desolador y un freno a meterle duro al trabajo, a asumir riesgos y desarrollar el país.

Añoro el país donde se destacaba lo bueno, donde se lucían las galas de los éxitos que nos motivaban y no la amargura de fracasos. Rechazo el país de tan solo gestos, de frases de relumbrón vacías, de ausencia de planes y proyectos, de estancamientos de obras de infraestructura, de desesperanza.

¡El esfuerzo que Costa Rica hizo para construir y mantener la Carretera Interamericana! El logro formidable a pesar de los problemas habidos con la ruta a Limón, la Ruta 32, que cerró el círculo de aspiraciones que desde Braulio Carrillo había motivado a buscar comunicación con la costa del Caribe. La maravilla de la Florencio del Castillo en su momento, el orgullo por la Próspero Fernández y la General Cañas que motivaron al país a soñar y a emprender. Todo está estancado. Somos el país de la Platina. Electrificamos a San José antes que Nueva York lo hiciera, tuvimos tranvía y trenes de costa a costa. Hoy tenemos una discusión permanente y polarizante que mantiene al país inmóvil.

Añoro las buenas maneras sociales, el señorío, el respeto y el diálogo. Añoro las respetables figuras que lideraban nuestros esfuerzos y a quienes escuchábamos con atención. ¡Devuélvanme el país que nos quitaron!

Emilio R. Bruce
Profesor
ebruce@larepublica.net

Primer artículo de la serie.

El país debe estar alerta ante estas corrientes marxistas alentadas desde muchos rincones del país entre ellas universidades, sus medios, redes sociales y desde la Asamblea Legislativa.

Sinceramente

¡Estamos hartos!

“También estamos hartos de la economía de mercado. De los tratados de libre comercio, cansados de la corrupción y de la mentira”. Esta frase leída en las redes, es sintomática del pensamiento de muchas personas escudadas en la foto de un animal o de una flor y con un nombre que despierta credibilidad y confianza, pero que son funcionarios a sueldo de alguno de los partidos marxistas que atacan la democracia, la economía social de mercado y el sistema político costarricense en general, casi todos los días. Con ese pensamiento coincidimos en que la corrupción y la mentira son inaceptables.

La competencia favorece de manera intensa al usuario o al consumidor. Pedir el establecimiento de empresas sin competencia es poner una carga enorme sobre las espaldas de quienes no tendrán entonces alternativa más que comprar al precio y a la calidad que le suministren. Es someter al usuario a la tiranía de no poder escoger.

“Estamos cansados de esforzarnos. No queremos que nos comparen con otros países. Queremos proteccionismo agrícola y seguridad alimentaria”. Esta expresión de hace unos meses a raíz de la discusión sobre el arroz y el aguacate, sus precios más altos en Costa Rica y la productividad más baja en las pequeñas fincas productoras hace pensar que los interesados no están percibiendo el interés de los consumidores y solo miran el suyo propio. Hay un puñado de productores pero 5 millones de consumidores. La economía debe estar orientada hacia el mercado.

“Costa Rica necesita que la empresa sea estatal. El Estado es mejor patrono. Necesitamos más empresas estatales sindicalizadas”. Pareciera que la preferencia es por trabajos estables, sin mayores exigencias y para permanecer en ellos toda la vida.

Es comprensible la preferencia hacia la empresa pública que tiene ventajas hasta del 50% sobre la empresa privada en sueldos y salarios. Esta preferencia es generada por decisiones de quienes pusieron a ganar a los empleados públicos por encima de los que generan la riqueza del país y pagan los impuestos para pagar a esos empleados públicos. ¿Sin empresa privada quién mantendrá al Estado?

“Las empresas privadas no pagan los impuestos y por ellas hay un déficit fiscal. Los defraudadores son responsables del déficit fiscal”. Es curioso observar que las personas no miran que el presupuesto nacional está financiado por impuestos y que el faltante es el 6% de la producción nacional que es generada por la empresa privada. Observan solo el lado de los ingresos ya que nadie protesta por el exceso de gasto, el desperdicio, ni por las duplicaciones, pensiones millonarias o transferencias exorbitantes. Ninguno protesta por el exceso de empleados que no cumplen finalidad alguna.

La empresa acusada de defraudadora es atacada para compensar el argumento y tener una contraparte de los hallazgos de privilegios, granjerías y ventajas impropias de los empleados públicos entre ellos en las pensiones de regímenes especiales.

“Todos los dueños de grandes negocios son unos sinvergüenzas. No hay empresa grande que no se haya fundado sobre un gran delito”. Esta presunción está siendo alimentada de manera sistemática por los partidos marxistas que harán de esa expresión su columna vertebral de la campaña política de 2018. Esta acusación de que la corrupción, la defraudación y los delitos son el origen de las grandes empresas de Costa Rica será el tema central de su propaganda. De esa manera ligan ese imaginario con el anterior: “todos corruptos, siempre los mismos”. Generan una relación de causalidad entre los dos. Es culpa de la clase política y del sistema. Hay que eliminarlos a ambos.

La cereza sobre el pastel lo constituye la afirmación de orígenes delictivos en todas las grandes empresas. O sea que para ser empresario exitoso hay que ser un delincuente. Esta expresión refleja una seria intencionalidad.

Es claro que se desea dar una zancadilla al sistema económico nacional para que la crisis lo termine por debilitar si no es que lo derriba. El trabajo desarrollado por años para crear un imaginario social que acabe con la empresa, la economía de mercado y la competencia, es fríamente calculado. Esto forma parte de una estrategia marxista clara.

El país debe estar alerta ante estas corrientes marxistas alentadas desde muchos rincones del país entre ellas universidades, sus medios, redes sociales y desde la Asamblea Legislativa. Tiene el país que conocerlos y darles un portazo en las elecciones de 2018.

Emilio R. Bruce
Profesor
ebruce@larepublica.net

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Tercer artículo en La República

Segundo artículo en La República

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