Inicio en esta oportunidad una serie, la cual presento en cuatro partes en estos cuatro días debido a su extensión, un resumen que hacen los autores del libro “The Fourth Revolution: The Global Race to Reinvent the State” (La Cuarta Revolución: La Carrera Global para Reinventar al Estado), y que les dará a los lectores una buena idea de la obra, que, de paso, he venido traduciéndoles en algunas de sus partes, por considerarla como de suma valía para entender los dilemas que bien podemos estar encarando.

EL ESTADO DEL ESTADO: La Lucha Global por el Futuro Gobierno

Por John Micklethwait y Adrian Woolridge

FOREIGN AFFAIRS, edición de julio-agosto del 2014.
PRIMERA PARTE

“El estado es la más valiosa de las posesiones humanas,” remarcó el economista Alfred Marshall en 1919, a finales de su vida, “y ningún cuidado puede ser lo suficiente para permitirle que haga su trabajo de la mejor manera.” Para Marshall, uno de los fundadores de la economía moderna y mentor de John Maynard Keynes, esta verdad era evidente por sí misma. Marshall creía que la mejor manera de resolver la paradoja central del capitalismo -la existencia de pobreza dentro de la abundancia- era mejorando la calidad del estado. Y la mejor manera de mejorar la calidad del estado era produciendo las mejores ideas. Esa es la razón de porqué Marshall leyó a los teóricos de la política así como a los economistas, John Locke así como Adam Smith, confiando en que el estudio de la política le conduciría no sólo a un entendimiento mayor del estado, sino también a pasos prácticos para mejorar la gobernabilidad.

En las democracias establecidas y emergentes de hoy, pocas personas parecen compartir el sentimiento de Marshall y su consideración del gobierno como algo valioso. Aún a una menor cantidad de personas les interesa menos la teoría que hay detrás de él. En vez de ello, muchos miran al gobierno como la raíz de muchos de los problemas que aquejan a sus sociedades y expresan su desprecio en movimientos de protesta y en elecciones que parecen ser más anti-gobiernos que pro-reforma. En Brasil y en Turquía, en años recientes, gran cantidad de gente protestó en las calles en contra de la corrupción y de la incompetencia de sus gobernantes. En Italia, desde el 2011, tres primeros ministros se han encontrado a sí mismos defenestrados y en las elecciones nacionales del año pasado, los electores le dieron la mayor porción de sus votos a un partido comandado por un antiguo comediante. En las elecciones de mayo para el Parlamento Europeo, millones de votantes británicos, holandeses y franceses, frustrados con las élites políticas de sus naciones, escogieron apoyar partidos nacionalistas de la derecha -al igual que legiones de votantes de India se volcaron hacia Narendra Modi durante las elecciones de la primavera pasada. En noviembre, los estadounidenses caminarán rápidamente a los centros de votación, más llenos de furia que de esperanza.

Gran parte de la insatisfacción está basada en una creencia desalentadora de que lo que tiene que ver con el gobierno, nunca va a cambiar. Este cinismo se ha convertido en un lugar común –y, aun así, en realidad eso es algo extraño. Asume que el sector público permanecerá inmune a los avances tecnológicos y a las fuerzas de la globalización que han hecho jirones al sector privado. También ignora las lecciones de la historia: el gobierno -y particularmente los gobiernos de Occidente- han cambiado dramáticamente durante los últimos siglos que han pasado, usualmente porque gente comprometida, poseída de grandes ideas, han luchado duro por cambiarlo.

No son tan sólo los ciudadanos ordinarios en el mundo democrático quienes han perdido de vista el hecho de que el gobierno puede, en efecto, cambiar: también les ha pasado a sus líderes. Algo irónico, en estos días los gobernantes autoritarios de China, y no sus contrapartes de Occidente, son quienes posiblemente entienden más las perspicacias de Marshall y la maleabilidad del estado. Los líderes chinos estudian a los grandes teóricos políticos occidentales -Alexis de Tocqueville es un favorito particular- y sus burócratas rastrean el mundo en busca de ideas mejores acerca de la gobernabilidad. Parece que los chinos se dan cuenta de que el gobierno es la razón por la cual el Oeste ha sido tan exitoso. Hasta el siglo dieciséis, China representó la civilización más avanzada del mundo; después el Oeste se adelantó en parte gracias a tres (y media) revoluciones en el gobierno, que apalancaron el poder de la tecnología y la fuerza de las ideas. Ahora ha empezado una cuarta revolución, pero no está claro cuáles país le darán forma y de si ellos serán atraídos por la tradición ascendente de la democracia liberal de Occidente o por nuevas formas de la regla autoritaria que ha emergido en épocas recientes.

VAS A NECESITAR UN ESTADO MÁS GRANDE

Brindar una narración comprensiva del desarrollo político de Europa y de América del Norte sería una tarea monumental: el historiador Samuel Finer murió antes de terminar su intento, y el libro que dejó atrás, La Historia del Gobierno desde sus Épocas Más Tempranas, anda por ahí de las 1.701 páginas. Dicho eso, uno puede resumir brevemente los tres principales desarrollos que le dan a la historia su forma esencial: la aparición de los estados-nación en los siglos dieciséis y diecisiete, que produjeron el orden interno y la competencia externa a Europa; la revolución liberal de finales del siglo dieciocho y del diecinueve, que reemplazaron los sistemas de clientelismo por un gobierno meritocrático y a menudo más pequeño, y la revolución Fabiana de principios del siglo veinte, que creó el moderno estado de bienestar. El regreso a una gobernabilidad orientada por el mercado, encarnada en la Primera Ministra Británica y el Presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan, representa un cambio de menor tamaño pero igualmente significativo –algo como una media revolución. Cada una de estas revoluciones trató de responder una pregunta básica: ¿Para qué existe un estado? Y la mejor manera de entender cada una de estas revoluciones es examinar las respuestas formuladas a aquella pregunta por cuatro pensadores: Thomas Hobbes, John Stuart Mill, Beatrice Webb y Milton Friedman.

Hobbes, el fundador de la teoría política moderna y autor del Leviatán, nació en Inglaterra en 1588. En esa época, Europa era un lugar atrasado y empapado de sangre. Los países más poderosos y avanzados del mundo estaban todos en Asia. La China imperial tenía en aquel entonces más o menos el mismo tamaño de Europa, pero estaba unida por un extenso sistema de canales que conectaban sus grandes ríos a los diversos centros de población. Su gobierno estaba construido similarmente: un país, que era el menos tan diverso geográficamente como Europa, era gobernado por una sola persona, el emperador. En una época cuando tan sólo tres ciudades europeas -Londres, París y Nápoles- podían vanagloriarse de tener 300.000 habitantes, tan sólo el cuartel imperial de Beijing era habitación de igual número de gente, incluyendo a muchos de los mandarines que le ayudaban al emperador a manejar su vasto imperio. Estos trabajadores civiles representaban lo mejor que China podía producir y eran regularmente seleccionados por medio de exámenes abiertos.

Para Hobbes, al igual que para la mayoría de los europeos, la vida era mucho menos ordenada. Hobbes nació prematuro, supuestamente porque su madre estaba aterrorizada por la combinación de una tormenta violenta y de un rumor de que la Armada Española había desembarcado en las costas inglesas. (“El temor y yo nacimos gemelos, juntos,” escribió él en su autobiografía). Hobbes creció en una época de conflicto religioso, rebeliones y complots políticos. El evento dominante durante su vida, la guerra entre Carlos I y sus enemigos puritanos en el Parlamento (1642-51), reclamó las vidas de una proporción mayor de la población británica que como lo hizo la Primera Guerra Mundial.

En El Leviatán, publicado en 1651, Hobbes deconstruyó a la sociedad en sus partes componentes, de la misma manera que una mecánico puede deconstruir un carro para poder descubrir cómo es que funciona. Lo hizo preguntando cómo sería la vida en un “estado natural”. La respuesta no era alentadora: los hombres, arguyó, estaban tratando constantemente de obtener lo que pudieran el uno del otro, atrapados en una “guerra de todo hombre contra todo hombre.” La única manera de escapar del conflicto perpetuo y del prospecto de una vida “despreciable, bruta y breve”, estaba en que uno cediera sus derechos naturales de hacer lo que le entrara en gana y construyera un soberano artificial: esto es, un estado. La función del estado era ejercer el poder: su legitimidad yacía en su efectividad, sus opiniones definían la verdad y sus órdenes representaban la justicia.

No es difícil ver por qué los monarcas europeos le dieron la bienvenida a la idea. Pero El Leviatán también exhibió una pizca subversiva de liberalismo. Hobbes fue el primer teórico de la política en basar su argumento en el principio de un contrato social. No tenía tiempo para el derecho divino de reyes o de sucesiones dinásticas: su Leviatán podía tomar la forma de un parlamento y su esencia yacía en el estado-nación, en vez de territorios poseídos por familias. Los actores centrales en el mundo de Hobbes eran individuos racionales, tratando de balancear su deseo de auto-promoción y el temor de su auto-destrucción. Cedieron algunos derechos a cambio de asegurarse la meta más importante de auto-preservación. El estado, en última instancia, fue construido para (y de) los súbditos, en vez de los súbditos para el estado: la portada original de El Leviatán muestra a un rey poderoso construido a partir de miles de hombrecitos.

Esta mezcla de un control firme con un toque de liberalismo ayuda a explicar por qué de ahí en adelante surgieron los estados-nación europeos. Empezando en el siglo dieciséis, a través del continente, los monarcas establecieron monopolios de poder dentro de sus propias fronteras, subordinando progresivamente a los centros de autoridad rivales, incluyendo a los príncipes de la iglesia. Los reyes promovieron a burócratas poderosos, tales como el Cardenal Richelieu en Francia y el Conde Duque de Olivares en España, quienes expandieron el alcance del gobierno central y construyeron máquinas eficientes de recaudación de impuestos. Este cambio permitió a Europa escapar del problema que había condenado a la impotencia a la civilización de India: un estado que era tan débil, que la sociedad se disolvió constantemente en principados insignificantes, que inevitablemente cayeron presos de invasores más poderosos. Además, Europa también evitó el problema que había plagado al estado chino: demasiado control centralizado sobre una región sumamente vasta. Aún los monarcas más imponentes de Europa eran menos poderosos que el emperador chino, cuya enorme burocracia no enfrentó la oposición de la aristocracia agraria de China o de sus clases medias urbanas, cayendo así presa de la decadencia, producto de una satisfacción en sí misma.

El nacimiento del estado moderno fue reforzado en Europa por los avances tecnológicos y económicos. La Revolución Industrial juntó a la gente en ciudades masivas y aceleró la velocidad de la comunicación. El surgimiento de los ferrocarriles transformó no sólo al transporte, sino también a la gobernabilidad: en épocas tempranas, había tenido sentido para las autoridades reales delegar el poder sobre las zonas rurales a la nobleza y a la aristocracia. Pero ahora que cualquier lugar simplemente se alcanzaba en un viaje de corta duración, le dio mucho mayor sentido a concentrar el poder en manos de una eficiente burocracia central.