¿Para qué sirve el estado? es el título de este noveno capítulo del libro de John Micklethwait & Adrian Woolridge, The Fourth Revolution: The Global Race to Reinvent the State (New York: The Penguin Press, 2014). Continuaré mi traducción de partes de este libro, a fin de que el lector se motive al estudio de acontecimientos que están sucediendo y que los autores narran e interpretan muy apropiadamente, en mi opinión.

¿PARA QUÉ SIRVE EL ESTADO?
En la introducción al libro La Democracia en América (1835), Alexis de Tocqueville alegó que “una nueva ciencia de la política era indispensable para un nuevo mundo.” Tocqueville poseía una definición católica de la “ciencia de la política.” La Democracia en América examinó el elenco estándar de las ciencias políticas, tales como la naturaleza del federalismo y la organización de los partidos políticos, pero lo que realmente le fascinó no fue tanto la organización del estado como el espíritu que lo anima. ¿Cómo es que los dos principios gemelos de democracia e igualdad fueron reemplazados como el fundamento organizacional de la vida moderna? Y ¿por qué los Estados Unidos hicieron un trabajo mucho mejor de moverse de acuerdo con los tiempos, creando una nueva “ciencia de la política… para un nuevo mundo”, que como lo hizo la Francia de de Tocqueville?

Este libro ha afirmado que desde el amanecer de la era moderna ha habido tres nuevas “ciencias de la política”, ciencias que han probado ser todas indispensables para tres nuevos mundos: la política de los siglos dieciséis y diecisiete que enfatizó el poder soberano; la política de los siglos dieciocho y diecinueve, que resaltó la libertad individual (y una gran parte de la democracia tocquevilliana); y la política del siglo veinte, que destacó al bienestar social. Nuestra Cuarta Revolución es un intento de re-imaginar la ciencia de la política, a la luz de nueva tecnología y de nuevas presiones políticas.

En el último capítulo habíamos visto la mecánica de la Cuarta Revolución. ¿Qué es lo que se está haciendo alrededor del mundo para hacer que el estado sea más eficiente? Las barreras para el progreso que William Baumol y otros identificaron, se han visto debilitadas. Pero, en verdad, podemos avanzar tan sólo un poco con reformas pragmáticas. Los intereses particulares siempre podrán frustrar a los reformistas pragmáticos, si aquellos continúan representando la instancia moral suprema. Son las ideas que lo animan y que determinan el funcionamiento del estado, las que en alto grado, de la misma manera, hacen que los sistemas operativos determinen el funcionamiento de las computadoras. La crisis del estado va mucho más allá de una crisis organizacional. Es una crisis de ideas.

El contrato social entre el estado y el individuo necesita ser objeto de escrutinio con el mismo espíritu con que Hobbes y Mill lo examinaron. El siglo veinte ha visto al estado agregando una serie de ideales a aquellos de Hobbes del orden y al de Mill de libertad. Hemos terminado con conceptos mucho más extendidos de lo que significa igualdad y a lo que le derecho a uno tener una ciudadanía. Demasiado extendidos. El estado se ha abotagado y abrumado. Aún si fuera dirigido por los más eficientes burócratas del mundo, el estado sería aún un desastre gigantesco: agrandado por la ambición de aquí y de allá, por objetivos en conflicto. Peor aún, el estado se ha venido convirtiendo en un enemigo de la libertad.

La revolución que más nos inspira a nosotros es, por lo tanto, aquella que está más firmemente enraizada en la libertad. Los gobiernos occidentales necesitan recapturar el espíritu de los grandes liberales de los siglos diecisiete y dieciocho: los Padres Fundadores de los Estados Unidos, John Stuart Mill y Thomas Babington Macaulay en Inglaterra, Alexis de Tocqueville y Nicolás de Condorcet en Francia. Existen similitudes entre el estado hinchado, impulsado por el clientelismo de principios de la era victoriana y el estado empujado por el derecho al subsidio de nuestra época. Nuestro Leviatán está tan lejos del espíritu de la edad de la Internet, como el estado de principios de la era victoriana lo estaba con respecto a la era del ferrocarril: Se chupa cantidades asombrosas de recursos, pero fracasa en sacar ventaja de la productividad que amplía las capacidades de la tecnología moderna; se adhiere al viejo mundo, al tiempo que pierde contacto con los elementos más vigorosos de la sociedad comercial; y su corazón democrático ha sido debilitado por la construcción de imperios y por los intereses creados. En aquel entonces los liberales lucharon por la causa que ahora debe ser defendida. Esa causa es la libertad.