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El Mito del Neoliberalismo – Parte IV – Enrique Ghersi – Jorge Corrales Quesada.

Posted on 03 julio 2015 by Administración

EL MITO DEL NEOLIBERALISMO – CUARTA Y ÚLTIMA PARTE.

Por Enrique Ghersi
29 de septiembre de 2004

Enrique Ghersi es abogado, profesor de la Universidad de Lima, miembro de la Mont Pelerin Society, coautor de El Otro Sendero y académico asociado del Cato Institute. La siguiente es una ponencia presentada en la conferencia regional de la Mont Pelerin Society llevada a cabo del 18 al 21 de septiembre del 2003 en Chattanooga, Tennessee, Estados Unidos. Puede ver este ensayo en formato PDF.

Nota mía: Para facilitar el montaje de este comentario de don Enrique, las notas al pie de la página serán presentadas en la última de las cuatro partes en que dividiré este comentario para su presentación en mi sitio en Facebook.

LA TRAMPA RETÓRICA

Hemos visto los orígenes probables del término y los sentidos que se le han dado al mismo a través del tiempo dentro de lo que podríamos denominar el liberalismo contemporáneo.

Sin embargo, el uso más notable y perverso del término en nuestros tiempos no ocurre al interior del liberalismo, sino fuera de él. En los lugares donde se lo utiliza, es la prensa, los políticos y los rivales del liberalismo quienes han hecho uso de él preferentemente, pero en sentido generalmente distinto de los anteriormente mencionados.

En efecto, el “neoliberalismo” es utilizado para caracterizar cualquier propuesta, política o gobierno que, alejándose del socialismo más convencional, propenda al equilibrio presupuestal, combata la inflación, privatice empresas estatales y, en general, reduzca la intervención estatal en la economía.

Así, por ejemplo, en América Latina se presenta como “neoliberales” a gobiernos tan disímiles como los de Carlos Salinas de Gortari en México, Carlos Andrés Pérez en Venezuela, Alberto Fujimori en el Perú, Fernando Henrique Cardoso en el Brasil o Carlos Saúl Menem en la Argentina. Una cosa semejante ocurre en África, Asia y Europa del Este.

Independientemente del juicio que pueda merecernos cada política en particular y de la evaluación que merezca cada gobierno en cuestión, está muy claro que el liberalismo es algo mucho más complejo que la adopción de medidas gubernativas en particular, máxime sin son incompletas y contradictorias. Aisladamente un gobierno socialista puede tomar medidas liberales y un gobierno liberal puede tomar medidas socialistas. Ejemplos hay muchos en la historia. Desde los laboristas neozelandeses hasta los conservadores británicos. Pero no hace a los socialistas liberales; ni a éstos, aquéllos; máxime si la caracterización en el ámbito político no tiene el rigor ni la seriedad del debate intelectual.

En Latinoamérica, si bien durante los años noventa se regresó a la austeridad fiscal de los cincuenta, esto no puede considerarse inherente y exclusivo del liberalismo económico. Si bien se privatizó, se hizo con monopolios legales soslayando por completo la importancia de la competencia en el desarrollo de los mercados. Si bien se permitió la inversión extranjera, se hizo de forma igual que la China comunista a quien ningún alucinado podría tildar de liberal o neoliberal. En general aunque se daba la impresión de que se reducía la intervención estatal, en términos de gasto público como fracción del producto interno, o se mantenía igual o inclusive aumentaba. Es el caso del Perú, mi país, donde hoy el tamaño del estado es mayor que cuando empezaron las mal llamadas reformas “neoliberales”. Paradójicamente, el viejo capitalismo mercantilista fue presentado como si fuera un inexistente “neoliberalismo” por los enemigos de la libertad.11

¿Cómo se llegó a esta situación? ¿Tuvimos los liberales alguna responsabilidad en ella? ¿Fue producto histórico del azar o consecuencia de alguna táctica deliberada? ¿Cómo ha sido posible que el “neoliberalismo” que fue entendido por los liberales un desarrollo de su pensamiento o como una nueva escuela del mismo haya pasado a convertirse en el habla cotidiana en un término para asimilar a las ideas de la libertad algunos de sus más impresentables enemigos?

Es verdad que la autocrítica ha faltado entre los liberales, porque en algunos casos han sido ellos mismos los que se han involucrado innecesariamente con experiencias lamentables. Llevados tal vez por la soledad política, los liberales en algunas oportunidades han respaldado al primer gobierno que creyeron coincidía con sus puntos de vista, sin advertir que la coincidencia era aparente y que generalmente es mejor dejarse aconsejar por el paso del tiempo antes de prestar atención a la primera aventura política que nos toque la puerta.

A no dudarlo el proceso ha sido complejo y parte de una perversión del lenguaje sobre la que es necesario reflexionar. Muchas veces los liberales han despreciado los debates terminológicos para atenerse prioritariamente a los hechos. Esta actitud ciertamente les ha permitido contribuciones notables al desarrollo de la ciencia económica, pero también los ha hecho víctimas de numerosas estratagemas.

Hayek advirtió, por ello, contra la perversión del lenguaje y denunció la existencia de lo que él llamaba palabras-comadreja. Inspirado en un viejo mito nórdico que le atribuye a la comadreja la capacidad de succionar el contenido de un huevo sin quebrar su cáscara, Hayek sostuvo que existían palabras capaces de succionar a otras por completo su significado. 12

Él denunció entre otras a la palabra social. Así explicó que esta palabra agregada a otra la convertía en su contrario. Por ejemplo, la justicia social no es justicia; la democracia social, no es democracia; el constitucionalismo social, no es constitucionalismo; el estado social de derecho, no es estado de derecho, etc. En el Perú se llegó, por ejemplo, en tiempos del general Velasco Alvarado a plantear una singular innovación en la ciencias jurídicas mediante la creación de la así llamada propiedad social, que -por supuesto- no era propiedad alguna.

Mutatis Mutandi, el “neoliberalismo” parece pertenecer a ese género de las palabras-comadreja. Sólo que en una función diferente. Mientras que la palabra social le da sentido contrario a la que se le agrega, la palabra “neoliberal” identifica con esta doctrina a quienes no pertenecen a ella. Una invierte los sentidos, la otra asimila a los distintos.

En realidad la contribución de Hayek sobre este tema merece un desarrollo ulterior que, en mi concepto, no ha tenido. Cuando denunció la existencia de una perversión del lenguaje según la cual unas palabras (las comadrejas) eran capaces de alterar el significado de otras, estaba en realidad sugiriendo explorar un tema de capital importancia: la función de las palabras en el debate ideológico.

El estudio de las figuras del lenguaje o tropos ha sido generalmente dejado a la retórica. Si la filosofía se ha fijado en ellos es sólo en los fatigosos catálogos de falacias con que los lógicos ilustran su quehacer. No obstante, Hayek al proponer el concepto de palabra-comadreja en realidad lo que hizo fue explorar la función de los tropos en el debate ideológico e invitarnos a dar un paso adelante y entender que las ideas no sólo deben explicarse o refutarse a partir de su logicidad sino por también su función retórica.

Lo que sucede es que los liberales han confundido, a pesar de la sugestión de Hayek, los planos del discurso. Una cosa es el discurso científico gobernado por la lógica, por el principio de no contradicción y por sus reglas propias. Otra cosa completamente distinta es el discurso ideológico, donde las reglas son las de las retórica y donde, por ende, hay que atenerse a principios distintos. Pretender incursionar en el debate ideológico con instrumentos propios del discurso científico ha concedido ventajas incontables a nuestros enemigos, que se han servido con diligencia de los viejos principios retóricos, conocidos a la perfección en el pensamiento occidental desde los griegos, pero lamentablemente olvidados por los defensores de las ideas de la libertad.

La función retórica tiene por propósito la utilización de recursos lingüísticos dirigidos, precisamente, a alterar la comunicación de cómo simplemente hubiese ocurrido. Puede mejorar la expresión, agudizar la elocuencia, aclarar las ideas, pero puede también confundirlas, pervertir los conceptos y alterar el sentido del debate.13 No obstante, su uso es perfectamente legítimo en el debate ideológico. Diría inclusive que consustancial a él.

No podemos, pues, quejarnos porque se utilicen figuras retóricas en el debate ideológico. Lo absurdo sería que no se utilizasen. Lo que tenemos que hacer es prestarles atención. Estudiarlas y recurrir al vasto conocimiento acumulado que se tiene de esa metodología de comunicación.

Entonces, es posible pensar en el estudio de las palabras-comadreja -el “neoliberalismo” una de ellas- como una rama de la retórica en el debate ideológico y recurrir a sus métodos de estudio para tratar de esclarecer el proceso por el cual al término se le ha dado un sentido adverso al que aparentemente debería haber tenido.

El desprecio por el debate terminológico ha tenido en el pasado un alto costo, pues nuestros enemigos se dedicaron a pervertir nuestros términos sin mayor resistencia de nuestra parte. Pasó con la propia palabra liberal, que terminó teniendo en el mundo anglosajón un sentido opuesto al de su tradición histórica. Nos pasa ahora en Latinoamérica y en otros países subdesarrollados con el término “neoliberal”, por el que se busca asemejar a nuestras propuestas aventuras políticas desgraciadas, propuestas absurdas, corrupción extendida o la pura frivolidad.

La retórica puede servirnos para encontrar algunos elementos de juicio útiles para profundizar en este debate. En el caso de la palabra social lo que parece haber sucedido es que se produce una antífrasis, que es una figura del lenguaje o tropo que invierte el sentido de la palabra a la que se agrega, sólo que en este caso la sustracción del sentido está desprovista de la ironía que comúnmente los textos de lingüística le atribuyen a la figura aludida.14

La asimilación con la antífrasis, empero, podría producirse completamente si aceptáramos que finalmente no puede haber más que sentido del humor en llamarle justicia social a lo que no es justicia o democracia social a lo que no es democracia. Quienes suelen utilizar ordinariamente los términos parecen bastante solemnes cuando lo hacen y lucen desprovistos de todo sentido del humor, pero creo que sería perfectamente aceptable plantear que el uso de la palabra social puede ser, retóricamente, una tomadura de pelo a oyentes inadvertidos.

En el caso del “neoliberalismo” yo me atrevería a sostener que hay una sinécdoque. Este es un tropo consistente en extender o restringir el significado de una palabra tomando la parte por el todo, o al todo por la parte, o la materia con que está hecha la cosa con la cosa misma.15

Son ejemplos clásicos en retórica, hablar de vela en lugar de barco (parte por todo); mortales por hombres (todo por parte); o acero por espada (materia por cosa).

En el caso del “neoliberalismo”, lo que sucede es que se quiere asimilar con el liberalismo algunas políticas o ideas en particular que aisladamente podrían ser compatibles con él, pero también con cualquier otra cosa, sugiriendo una identidad inexistente. Se trataría entonces de lo que en teoría se denomina una sinécdoque particularizante: se quiere presentar partes del liberalismo como si fuera el todo.

Desde el punto de vista lógico, estas figuras retóricas son consideradas falacias. Pero sucede que el debate político la verdad no resulta de un razonamiento lógico, en el sentido de una inferencia deductiva, sino de un procedimiento dialéctico, en el sentido socrático del término. La verdad política no es, pues, deductiva ni lógica, sino expositiva y retórica. Tiene la razón quien mejor la expone. Así Lausberg considera que todo tropo “es un cambio en la significación, pero un cambio cum virtute, por tanto no es ya un vitium de impropietas”.16

Este uso sinecdóquico del término “neoliberalismo” es el que se encuentra implícito en el lenguaje corriente y que produce la perversión en el lenguaje que se me ha encargado analizar. A través de él nos han arrebatado el concepto inspirado en algún extremo por Mises, desarrollado colectivamente por un paradójico conciliábulo de individualistas, adornado por los severos creadores de la economía social de mercado y sabe Dios difundido consciente o inconscientemente por cuántos de nosotros aquí presentes.

Propongo pues, inspirado en la retórica clásica, una nueva disciplina: la comadrejología, consistente en estudiar cómo las figuras del lenguaje o tropos son utilizadas en el debate ideológico para alterar el significado de las palabras con propósitos deliberados.

CONCLUSIÓN

El sentido predominante que se le atribuye al término “neoliberalismo” es consecuencia de que los enemigos de la libertad han utilizado esa palabra como una sinécdoque, como anteriormente otros hicieron con la palabra social a la que convirtieron en una antífrasis. Y otros, antes aún, con la palabra liberal, a la que le pasó lo mismo.

De esta manera, a través de la retórica y sus mecanismos, los liberales perdemos en el debate político lo que ganamos en el campo de las contribuciones científicas. Probablemente haya muy pocas doctrinas que, como el liberalismo, hayan perdido tantos términos a manos de sus enemigos en el debate político.

Debemos por ello empezar a estudiar este campo a fin de librar también ahí una batalla más entre las muchas que la vigilancia permanente de la libertad nos exige.
En la precursora sugestión de las palabras-comadreja, Hayek estaba en realidad invitándonos a ir más allá y explorar este terreno ignorado y, tal vez, menospreciado.

Muchas veces creemos que para triunfar en la lucha por la libertad basta con la abrumadora evidencia de los hechos. No obstante, ellos son insuficientes para causar la convicción necesaria en el debate ideológico. Como decía von Mises:”facts per se can neither prove nor refute anything. Everything is decided by the interpretation and explanation of the facts, by the ideas and theories”. 17

Despojar al liberalismo de una cierta arrogancia intelectual resulta, así imprescindible. Con ejemplos como lo sucedido con el término “neoliberalismo” debería bastarnos para entenderlo, porque aunque “words are signals for ideas, not ideas”, como quería Spencer18 . Perder nuestros términos por una mayor habilidad de nuestros oponentes se presenta como un error muy lamentable que amenaza periódicamente nuestra identidad.

Ser liberal no significa lo mismo en todos los países. Algunos de nuestros conceptos más preciados, como justicia, estado de derecho o propiedad, han sido tergiversados por adjetivos semánticamente predatorios. Y, en el colmo de la paradoja, quieren nuestra enemigos asociarnos con ideas, políticas o gobiernos que nos resultan ajenos. Todo ello es de por sí un precio muy alto a pagar por no haber advertido la importancia de este debate y el daño que pueden causar las palabras cuando son retóricamente manejadas. ”Figura est vitium cum ratione factum”.19

NOTAS
________________________________________
[1]Mises, Ludwig von. Liberalism. Sheed Andrews and Mc Mee, Inc. Kansas City. 1978. Pág. 27.
[2] Mises, Ludwig von. Liberalismus. Academia Verlag. Sankt Augustín. 1993. Pág. 24.
[3] Mises, Ludwig von. Socialism. Liberty Classics. Indianapolis. 1981. Pág. 418.
[4] Mises, Ludwig von. Ob Cit. Pág. 9. (Prefacio a la Segunda edición en alemán. Viena. 1932).
[5] Baudin, Louis. L´Aube d´un Nouveau Liberalisme. Genin. París. 1953.
[6] Nawroth, Edgar. Die Social-und Wirtschatsphilosophie des Neoliberalismus. Kerle. Heilderberg. 1961.
[7] Schuller, Alfred y Krusselberg, Hans Gunter, Conceptos Básicos sobre el Orden Económico. Ediciones Folio S.A. 1997. Barcelona. Pág. 97.
[8] Mueller-Armack, Alfred. Economía dirigida y Economía de Mercado. Sociedad de Estudios y Publicaciones. Madrid. 1963. Pág. 226.
[9] Trías Fargas, Ramón. Prólogo a la primera Edición Española de Economía Dirigida y Economía de Mercado de Alfred Mueller-Armack. Sociedad de Estudios y Publicaciones. Madrid. 1963. Pp 29-30.
[10] Mises, Ludwig von. Economic Freedom in the Present-Day World. In Economic Freedom and Interventionism. Foundation for Economic Education. Irvington on Hudson. N. Y. 1990. Pág. 240.
[11] Vargas Llosa, Alvaro. Latin American Liberalism: A Mirage? The Independent Review, v. VI.N.3. Winter 2002. California. pp. 325-343.
[12] Cf Hayek, F.A. “La Fatal Arrogancia”. Unión Editorial. Madrid. 1990. Pág. 186.
[13] Grupo M. Retórica General. Paidós Comunicación. Buenos Aires. 1992.
[14] Grupo M. Ob. Cit. p 223.
[15] Lausberg, Heinrich. Manual de Retórica Literaria. Pp 76-80. Gredos. Madrid. 1991.
[16] Lausberg. Ob Cit. Pág. 58.
[17] Mises. Socialism. Liberty Classics. Indianapolis, 1981. Pág. 459.
[18] Spencer, Herbert. The Man versus the State. Watts. London, 1950.
[19] Veronese, Guarino. Regulae. En Percival, W. Keith. “La Gramática y la Retórica en el Renacimiento”. Pág. 374. En La elocuencia en el Renacimiento. James J. Murphy, ed. Visor Libros. Madrid. 1999.

FIN

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